En El hombre que mató a Liberty Valance, John Ford nos hizo la crónica épica del enfrentamiento final entre el Oeste de los pioneros, en el que la fuerza y el revólver eran las únicas maneras de sobrevivir, y el empuje de una civilización que pretendía instaurar el imperio de la ley en unas tierras que ya no querían ser salvajes, conceptos que tenían su encarnación en dos actores-fetiche como John Wayne y James Stewart. En el relato de los hechos según san Ford, triunfaba el segundo, sí, pero uno se quedaba con la sensación de que, si no hubiese sido por la inmolación del primero, el Oeste nunca habría sido tocado por la mano mágica del progreso. Así, el director del parche en el ojo (no confundir con el no menos grande Fritz Lang) nos vino a decir que tan agradecido había que estar a los rudos muchachos que hicieron el trabajo sucio de limpiar el territorio de indios y demás peligros e incordios, como a los sheriffs, abogados, banqueros, empresarios del ferrocarril y demás emprendedores que vinieron después.Eso decía Ford ya cerca del final de la Época Dorada del western. Una idea, en el fondo, demasiado bonita para un francotirador como Sam Peckinpah que, en Pat Garrett y Billy the Kid, nos contó una historia bastante diferente. Y para ello, nada mejor que fijarse en el relato mítico de la captura y ejecución del más legendario forajido del Oeste a manos de quien había sido, durante muchos años, su compañero de tiroteos, robos de ganado, juergas y asesinatos por la espalda, Pat Garrett. Sólo que este último, en un momento dado, se había planteado la pregunta que toda persona madura (dicen que) debe hacerse: ¿tiene futuro esta vida? ¿No aspiro en el fondo a una casa, una esposa, un terreno y, sobre todo, un lugar en la comunidad?
A partir de ese conflicto levanta el director de Grupo salvaje una película cuya fuerza ha sido recuperada en su totalidad por el montaje definitivo, presentado el año pasado y ahora disponible en DVD, un film sin el que resulta imposible comprender los derroteros que el género ha seguido en los últimos años y que tiene en Clint Eastwood el último (y casi nos tememos que definitivo) eslabón: Sin perdón no sería más que la estación termini, a la que no habría llegado si el clarividente guardagujas Peckinpah no hubiera desviado al viejo tren de su trayectoria.
El bueno de Sam lo tenía claro: el enfrentamiento último entre Pat Garrett y Billy the Kid radica en el intento del primero por encontrar un hueco en un estado que se va organizando y en el que ya campan a sus anchas ganaderos y terratenientes especuladores que defienden sus negocios en aras del bien común (¿de qué me suena a mí eso?), y la imposibilidad del segundo de cambiar de vida, más cuando ve que ese supuesto impulso civilizatorio sólo deriva en abusos, explotación y asesinato de los paupérrimos campesinos de origen mexicano.
Lo curioso y más llamativo es que, para trazar sus retratos, Peckinpah no ahorra los rasgos más desagradables del que, en el fondo, es su héroe: Billy no tiene empacho en matar por la espalda, en hacer trampas en los duelos, en robar ni hacer cualquier cosa que le suponga una ventaja. Pero es que su perseguidor en el nombre de la ley no le va a la zaga: para conseguir detenerle, contratará a matones y ladrones de ganado que se ven rehabilitados por llevar una estrella en la pechera y golpeará a prostitutas para que le digan dónde se esconde el forajido antes de correrse una juerga con cinco de ellas (y que o bien no paga, o bien carga a los gastos de viaje acordes a su cargo, no nos queda muy claro). No es extraño, entonces, que Billy (un pletórico Kris Kristofferson) pronuncie una de las frases más lúcidas de la película cuando dice que "la Ley es una cosa muy curiosa".
Pero, como mandan los cánones del género, y aunque Pat Garrett (con los rasgos del inmenso James Coburn) logre su objetivo, no habrá nada heroico en ello. Como en el brillante prólogo nos informan, pocos años más tarde él mismo caerá asesinado de forma violenta; de nada le habrá servido soportar un matrimonio en el que no cree, haber obtenido una respetabilidad que le repele o ser un pilar de la comunidad. Como demuestra el plano final, en el que se aleja a caballo hacia el amanecer mientras un niño le tira piedras, su destino va unido al del joven Kid, y su estrella se apaga en el justo instante en el que mata a su amigo.
Hasta llegar a ese plano (en el que curiosamente Billy es el único personaje que muere sin una sola gota de sangre), Peckinpah nos ha demostrado por qué era un verdadero poeta, y por qué se merece ser reinvidicado por todos aquellos que ven en Tarantino el culmen de la violencia al servicio del arte. Y puestos a elegir una escena, quedémonos con el viejo que ayuda a Garrett, recibe un balazo casi por azar, y se acerca a sentarse a morir ante el río junto al que ha vivido, mientras el sol se pone y los acordes de Knockin' on Heaven's Door llenan la imagen de una serenidad y una melancolía insuperables. Pocas bandas sonoras como la de Dylan han sido tan ajustadas a lo que las imágenes nos muestran.
Y sí, sí, sale Bob Dylan en pantalla, es verdad, no se me ha olvidado. Pero lo cierto es que lo de cantar se le da mejor.
Postdata: "Lo cerrado es el primer siglo del cine: estamos en el umbral de una nueva era. Todo está en trance de cambio, y a mí me causa gran inquietud: el cine fue el gran arte popular. Ahora nos acogen los museos, pero veo esto con sentimiento de pérdida. Tengo nostalgia de aquel cine popular pero inteligente." Víctor Erice (El Mundo, 5/VII/2006)
PAT GARRETT Y BILLY THE KID. Pat Garrett and Billy the Kid. EE. UU., 1973. Color, 115 min. Director: Sam Peckinpah. Intérpretes: James Coburn, Kris Kristofferson, Bob Dylan, Jason Robards, Katy Jurado. Guión: Rudy Wurlitzer. Fotografía: John Coquillon. Música: Bob Dylan. Productor: Gordon Carrollo. Vista en: DVD (Warner).
[+] Lo que pudo haber sido y no fue
