Dicen los que de ello entienden que fue el mejor bailarín del siglo XX, quizá el mejor que nunca haya existido. Pero no hace falta ser un experto en ballet (yo no lo soy) para quedarse boquiabierto ante la manera en que Rudolf Nureyev se movía, saltaba y se expresaba sobre un escenario; quizá no sea excesivo decir que no es que su baile fuese bello, es que representaba la Belleza en estado puro.Como todo genio, su temperamento fue difícil, su soberbia infinita, su despotismo a la hora de tratar con los simples mortales extremo; una exigencia hacia el mundo paralela a la que se dedicaba a sí mismo, y que sólo la derrota de la enfermedad que le arrasó a los 54 años, cuando el sida seguía siendo el Impronunciable, logró atemperar.
Y sin embargo, fue ese Ogro genial el que, un buen día, apareció en el show de Los Teleñecos y se marcó una actuación memorable con la mismísima Peggy. ¿Divertido? Claro que sí, y mucho. ¿Ridículo? Nunca: lo sublime no puede serlo.
