Puede que a muchos no nos diga gran cosa el nombre de Luciano Berriatúa. Y sin embargo, sin su labor no podríamos contemplar gran parte de la obra de Murnau tal y como fue concebida (por ejemplo, el Fausto presentado en el Festival de Berlín de 1996, restaurado por un equipo dirigido por él para la Filmoteca Española).Como él, un puñado de especialistas trabajan desperdigados por el mundo para preservar de la destrucción las joyas del cine mudo: la fragilidad del soporte utilizado ha hecho que se haya perdido ya gran parte de lo que se filmó en las dos primeras décadas del cine... si uno lo piensa, da vértigo: es como si Max Brod hubiese obedecido la orden de Kafka y a su muerte hubiese quemado todos sus escritos; ¿cuántas obras maestras han desaparecido sin dejar rastro, sin que siquiera hayamos llegado a conocer que alguna vez existieron?
Incluso algunas de las obras más conocidas lucen ya la huella del zarpazo: sin ir más lejos, la última versión comúnmente aceptada como definitiva de Metrópolis carece de planos y alguna escena, que en el montaje son sustituidos por fotos fijas o rótulos donde se nos explica lo que pasaba. La versión que ahora mismo disfrutamos del Napoleón, de Abel Gance, cuya restauración sufragó Coppola, es aproximativa, porque se desconoce cómo era exactamente. Y si hablamos de Nosferatu, de la que se ordenó la destrucción de todas las copias por exigencia de los herederos de Bram Stoker, o de piezas de las que se rodaron varias versiones, el caos puede llegar a ser de antología.
Por ejemplo, sólo muy recientemente se ha podido tener una idea muy aproximada de cómo debió de ser la versión de El último, de Murnau, que fue todo un éxito de crítica y público. Por aquella época, se hacían tres tomas diferentes; la más depurada se utilizaba para el mercado alemán, y las otras dos para la exportación. Pues bien, habiendo pasado por encima ochenta años, una dispersión de los materiales, una guerra mundial que arrasó gran parte del archivo fílmico alemán, y sin conservarse durante mucho tiempo una copia del guión que pudiera ser considerada como definitiva... ¿cómo puede reconstruirse una película en esas condiciones? Se encuentra una lata en París, una escena en un sótano perdido de Hamburgo, un negativo en un cuartucho de Hollywood, una copia de copia en mal estado en una filmoteca perdida de la mano de Dios... y para colmo, ¿cómo saber si pertenece a la versión depurada o a las otras dos?
En la edición en DVD de El último aparece un extra que comenta someramente el proceso. Y creedme que es fascinante, cómo se va deduciendo, en una labor digna del CSI y que puede durar años, cómo era la película. Cuánto conocimiento, cuánto amor por el cine... como los paleontólogos desentierran huesos e imaginan su colocación, así los restauradores levantan de nuevo la película, la limpian, le devuelven el esplendor que lució en su estreno, y nos devuelven una maravilla tan viva como cualquiera de las producciones que ahora ocupan la cartelera. Con una ventaja: con los huesos sólo se hace un esqueleto, y no se mueve; pero el cine vuelve a la vida, y uno puede asistir al milagro que unos anónimos artesanos en una oficina han retejido durante años. Y, como cinéfilos, sólo podemos decirles: gracias, muchas gracias.
