
Una de las mejores noticias que nos llegaron de Cannes fue la recuperación para la causa de los Coen. Si hemos de creer lo que los cronistas y enviados nos han contado, No Country for Old Men nos devolverá a los dos hermanos en plena forma (¡qué pena que aquí tengamos que esperar hasta el 28 de marzo del 2008 para deleitarnos!). Y ya era hora, porque hace ya más de diez años que firmaron la última de sus dos obras realmente maestras, Fargo.
Pero antes, en 1991, los Coen habían facturado la que es, probablemente, su obra más compleja y ambiciosa (y, tal vez por ello, la más simbólica y difícil de penetrar), y en la que su poderío como cineastas se despliega de manera más apabullante. Barton Fink logró el raro privilegio de hacerse con la Palma de Oro en el Festival de Cannes por unanimidad del jurado, y Joel Coen y John Turturro recibieron sendos galardones a mejor director y actor. En los Oscar no mojaron, pero se llevaron tres nominaciones, entre ellas a Mejor Secundario para Michael Lerner, el genial y alucinado director del estudio que contrata al protagonista.

Como ocurre con todas las obras maestras, Barton Fink va más allá del relato que justifica la película, el de un prestigioso autor teatral de éxito que es contratado por un gran estudio de Hollywood para escribir guiones para un particular género cinematográfico, las películas de lucha libre. Y va más allá porque en su interior, y como en unas cajas chinas, contiene una serie de reflexiones e iluminaciones sobre el papel del arte y el artista, la fuente de la creación y la descripción de cómo una capa de anodina mediocridad va cubriendo al lleno de ínfulas y pagado de sí mismo autor, que ve consumirse su talento en el interior de un hotel que parece sudar, respirar e incluso digerir (el papel de las paredes de la habitación de Barton se despega, recubiertos como están por una cola pegajosa y poco efectiva, y resulta inevitable ver la estancia como si fuera el interior de una planta carnívora, y al escritor que lucha por sacar adelante un guión que se le resiste, a un insecto atrapado al que la lenta digestión de la planta-habitación va chupándole toda su vitalidad, su creatividad).
Sólo un ejemplo, una imagen brillante y deslumbradora de una película que fluye con la calma y elegancia marca de la casa cuando los Coen se miran en la forma (que no en el fondo) del cine clásico. El año anterior habían firmado Muerte entre las flores, su particular mixtura del cine negro clásico con las miradas posteriores al mundo de la mafia, el cómic y hasta el cine de terror, y aunque en lo formal Barton Fink podría parecer una continuación de su apuesta estética, en realidad su intención es otra muy distinta. Y ahí es donde la película se vuelve verdaderamente grande.

En un metraje que parece iniciarse bajo el clasicismo, nos aguardan sorpresas: incursiones más cercanas al cine de Lynch que al esperable en una película ambientada en el Hollywood de los cuarenta, escenas enigmáticas (por no hablar del discutido segmento final del hotel), una atención al detalle y el ritmo que levantan escenarios que son más símbolos que lugares reales y una inquietante, bellísima y contenida banda sonora del casi siempre inspirado Carter Burwell... Barton Fink es un auténtico banquete para el cinéfilo, una obra que sólo puede ser creada desde un estado de gracia total. Esperemos que, por fin, nuestros hermanos cineastas favoritos vuelvan por sus fueros. Si efectivamente es así, nos encontraremos ante una de las noticias más grandes para los cinéfilos de los últimos años.

Barton Fink
EE. UU.-Reino Unido, 1991 116 min.
Escrita y dirigida por Joel Coen y Ethan Coen (no acreditado como director)
Interpretada por John Turturro, John Goodman, Judy Davis, Michael Lerner, John Mahoney, Tony Shalhoub, Jon Polito, Steve Bucemi
Música de Carter Burwell
Montaje de Joel y Ethan Coen (firmando como Roderick Jaynes)
Fotografía de Roger Deakins
Producida por Ethan Coen y Graham Place

