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21 mayo 2007

EL QUE SE CONSAGRA Y EL QUE DECLINA



Definitivamente, David Fincher ha entrado en la lista de los grandes firmando con Zodiac algo que, si no es una obra maestra, se le parece mucho. En cambio, el antiguo pope del indie, Tom DiCillo, nos presenta con Delirious una mediocre cinta que, sinceramente, hubieran podido protagonizar Ben Stiller o Hugh Grant o Cameron Diaz y a nadie habría extrañado (¡y luego preguntarán que por qué San Sebastián está devaluado!)

[+] Mi crítica de Zodiac en La Butaca.net
[+] Mi crítica de Delirious en LaButaca.net

[+] Atrapados en un rompecabezas, en Silencio, se rueda
[+] Crítica: "Zodiac", en Cineahora
[+] Zodiac (David Fincher, 2007), en Tierras de cinefagia

[+] Zodiac y el cine, el cine y Zodiac, en El séptimo cielo

[+] Zodiac (2007), en La cinta de Moebius

07 mayo 2007

LOS VERDADEROS OCHENTA



Una película tan excepcional como Donnie Darko tiene múltiples niveles de lectura. Su capacidad de sugerencia, su sutilidad, su intención de no mostrar todas las cartas para que sea el espectador el que complete el puzzle es extraordinaria. Pero hay un aspecto que por primera vez me ha llamado la atención al volver a verla, quizá por lo que tiene de generacional, y es su particular mirada a esa década a los tan glorificados, nostálgicos y añorados, por los de mi quinta, años ochenta. Una mirada que nos viene a decir, poco más o menos, que aquello no fue el derroche de optimismo, alegría y frivolidad que creemos recordar, sino una década en la que las fuerzas oscuras ya estaban presentes, latentes, que lo podrido que pudimos ver desde entonces ya estaba sembrado en aquellos días, que la inolvidable aventura de Marty McFly y su inseparable Doc a través del tiempo, y de la que la historia de Donnie Darko viene a ser su traducción oscura y quizá, más abrumadoramente real, no fue más que un espejismo.

Es curioso, pero al volver a revisar la maravilla de Richard Kelly, cobra nueva vida bajo ese prisma. Supongo que, en realidad, ni en eso nuestra generación es excesivamente original: todas llegan a un momento en el que descubren que el jardín guardado bajo siete llaves en la adolescencia no era, ni mucho menos, tan idílico como creíamos. Y así, mientras pasábamos el tiempo dejándonos llevar por las historias pergeñadas por los Spielberg, Zemeckis y compañía, mientras nuestra nostalgia sigue reservando un lugar preferente para Los Goonies, los Gremlins o El secreto de la pirámide (un lugar al que procuramos limpiar periódicamente el polvo para no ajar nuestros recuerdos), seguramente entre nosotros ya había un Donnie Darko capaz de ver que aquello era una mentira, que bajo las sonrisas, las hombreras y los peinados imposibles podía esconderse algo monstruoso o extrañas amistades que nos llevasen a la destrucción.

La clarividencia de Kelly en Donnie Darko tiende, así, un hilo temático con el Terciopelo azul de David Lynch: si éste pulverizó la porcelana de todo a cien de los idílicos cincuenta y primeros sesenta, aquél nos dijo que, en realidad, nuestra década fue tan siniestra como todas las demás, algo de lo que ya nos empezó a avisar el rostro aún infantil de River Phoenix en Cuenta conmigo. Y lo confieso: cada vez que veo la imagen enferma de Michael J. Fox no puedo evitar algo que me aprieta el corazón, como si presintiera muy cerca, demasiado cerca, una voz que me impele a despertarme. Y yo no quiero hacerlo.
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Donnie Darko
EE. UU., 2001 113 min.

Escrita y dirigida por Richard Kelly
Interpretada por Jake Gyllenhaal, Holmes Osborne, Maggie Gyllenhaal, Daveigh Chase, Mary McDonnell, James Duval, Patrick Swayze, Drew Barrymore
Música de Michael Andrews
Montaje de Sam Bauer y Eric Strand
Fotografía de Steven B. Poster
Producida por Adam Fields, Nancy Junoven, Sean McKittrick y Drew Barrymore

30 septiembre 2006

¿ALGUIEN HA VISTO A OLIVER?

Si empezásemos a ver World Trade Center después de los títulos de crédito, si no hubiésemos sufrido el horroroso cartel español, si nos hubiésemos librado de la estampa de Oliver Stone haciendo el numerito de ponerse el casco de bombero (como lo hizo, con escasas dos semanas de diferencia, en Venecia y en San Sebastián), sería casi imposible que acertáramos a descubrir quién es el director, hasta tal punto tiene una realización plana, desangelada, y en la que brillan por su ausencia los destellos que hace ya tiempo hicieron célebre a Stone y que, desgraciadamente, llevan demasiado tiempo desaparecidos.

Puede que sea deliberado que el director de JFK haya querido aprovechar para congraciarse con la industria después de sus últimas incursiones contestarario-izquierdistas y el fiasco artístico y económico de Alejandro pero, a tenor de los comentarios y el resultado en taquilla cosechado en Estados Unidos, parece que ni siquiera le ha servido para eso. Y es una lástima, porque el precio a pagar ha sido demasiado alto; para esto, hubiera sido mejor que la película viniese firmada por un director del montón y así, por lo menos, no tendríamos esta sensación de que nos han dado gato por liebre.

Porque, digámoslo ya: World Trade Center es fallida, lenta y aburrida, un desperdicio de celuloide que ahoga, incluso, planos sueltos y actuaciones inspiradas (como las de las dos esposas, unas sobresalientes, como siempre por otro lado, Maggie Gyllenhaal y Maria Bello). Y la sensación que termina predominando es que, en realidad, Stone ha sido desbordado por un proyecto en el que las cargas emocionales y las expectativas creadas eran muy grandes. Una responsabilidad que quizá podría ser utilizada como atenuante, pero que pierde gran parte de eficacia cuando, hace escasas semanas, hemos visto los excelentes resultados que Paul Greengrass obtuvo con United 93, una cinta no menos complicada y difícil a priori, pero que su director supo llevar a un excelente buen puerto.

Stone, sin embargo, opta por una estrategia diferente: si en el film de Greengrass la narración huye de las connotaciones para ofrecer unos hechos desnudos (o al menos, lo que permite la ficción cinematográfica), el director de Platoon cae en todas las trampas latentes en el mero enunciado de enfocar la catástrofe del 11-S cuando sus consecuencias políticas y emocionales siguen bien vivas en el pueblo norteamericano. Y así, la historia de los penúltimos supervivientes (de sólo 20) rescatados entre los escombros de las Torres Gemelas 24 horas después de su derrumbe, planteada como el símbolo de la tragedia, se vuelve inane porque, simplemente, no llega a interesar por su total ausencia de ritmo, de tensión narrativa, y porque los recursos para buscar la identificación con el espectador son, por decirlo suavemente, de brocha gorda.

Además, ver World Trade Center plantea un tema interesante, que seguramente podría dar lugar a sesudos artículos de especialistas, y es la aparente imposibilidad de reconstruir y hacer creíble una catástrofe que fue retransmitida en directo a todo el planeta: comparado con las nubes de polvo, el estruendo y el caos que vivimos todos aquellos días pegados al televisor, lo que nos ofrece la película revela de forma abrumadora su falsedad, sin que en ningún momento nos introduzca en la vorágine de aquellas horas (algo que sí consiguió, una vez más y con menos recursos, Greengrass). Claro que a ello contribuye la absoluta inexpresividad del infinitamente sobrevalorado Nicolas Cage; no dudo que los policías, al entrar en el vestíbulo, no pudieran moverse rápido por ir cargados con su equipo, pero está tan mal planificado que parecen un grupo de extras sorprendidos durante una visita a las torres. Sólo la escena del derrumbe tiene algo de credibilidad.

El problema es que, entonces, el ritmo decae ya hasta alcanzar el peligroso nivel del encefalograma plano. Las propias limitaciones del planteamiento (los dos policías estuvieron todo el tiempo atrapados, sin poder moverse ni hacer nada, sin que nadie en realidad les estuviera buscando) se ven reforzadas por una estrategia de guión que intenta compensar la inactividad de los protagonistas prestando más atención a la espera de sus familias, pero éstas se nos presentan con tantas convenciones y concesiones a los lugares más comunes de los telefilmes de sobremesa, que el interés sigue y sigue decayendo, hasta que deseamos que los rescaten, simplemente, para que se acabe la producción hollywoodiense más aburrida que nos hemos echado a la cara en los últimos años.

Claro que, cuando aparecen los tímidos atisbos de autoría, el resultado es aún peor, con la caracterización alucinada del ex marine que les salva (auténtico héroe de la película, pero símbolo a su vez del sentimiento de predestinación del ultrapatriotismo norteamericano, y que pronuncia la frase clave del mensaje de la película: "Van a hacer falta unos cuantos para vengar esto"). Y eso, por no hablar de las visiones del Jesucristo redentor, que vela por los policías atrapados, y que en un fundido bastante significativo termina confundiéndose con la figura del ex marine (¡ah, sí! Se me olvidaba decir que Stone afirma que esta escena es "irónica"... lástima que en la película no veamos nada que señale esa ironía, quizá una nota a pie de pantalla hubiese estado bien).

En suma, un naufragio total, que además abre el interrogante de cómo el mismo cineasta capaz de firmar un documental ensalzando a Fidel Castro puede despachar, pocos años después, un filme tan patriótico y plano como éste. Pero claro, eso nos llevaría a otros campos y éste es sólo un humilde blog de cine.

WORLD TRADE CENTER. World Trade Center. EE. UU., 2006. Color, 129 min. Director: Oliver Stone. Intérpretes: Nicolas Cage, Michael Peña, Maggie Gyllenhaal, Maria Bello, Stephen Dorff, Jay Hernández, Michael Shannon. Guión: Andrea Berloff. Fotografía: Seamus McGarvey. Música: Craig Armstrong. Producción: Michael Shamberg, Stacey Sher, Moritz Borman, Debra Hill. Vista en: Cine.

[+] Crónica cuatro de San Sebastián. World Trade Center (crítica y reseña), en ¿Y si esta vez te quedaras?
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[+] World Trade Center, en Sin pasar por taquilla
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