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16 diciembre 2009

EL MEJOR ACTOR FELINO


Como amante confeso de los gatos que soy, siempre he lamentado que lo mismo que les convierte en animales únicos (su independencia, su elegancia, su no aceptación de las órdenes, la necesidad de establecer constantemente una entente de convivencia entre ellos y nosotros, esa sensación de que nunca terminan de pertenecerte, como mucha gente a la que quieres) es, a la vez, el principal escollo para trabajar con ellos en el cine. Si Hitchcock dijo aquello de que no había que trabajar ni con niños ni con perros, no quiero ni imaginarme de lo que podría haber dicho con respecto a los gatos. Por eso, no deja de maravillarme el felino que interpreta a León, el gato de la portera de El erizo. ¿Truco digital o realmente un animal que sabe estar ante las cámaras? No lo sé, pero desde luego una cosa es cierta: no recuerdo haber visto ningún otro minino que luciera tan bien en pantalla.

03 octubre 2006

CUANDO EL PADRE ES EL HIJO


Lo confieso: los prejuicios se habían adueñado de mí antes de ver esta película, en gran parte porque tras ella se encuentra una selección de vástagos de nombres de la cultura oficial que, en muchos casos, representan lo que menos me gusta de la mal llamada progresía y que, acabada hace ya tiempo su carrera artística, copan puestos de influencia con verdadero e indirecto poder. Y si no, repasemos la ficha, que la lista es suculenta: dirige Víctor García León, hijo de José Luis García Sánchez y la cantautora y concejala socialista en el Ayuntamiento de Madrid Rosa León; el guión lo firma Jonás Trueba, hijo de Fernando Trueba; y la música corre a cargo de David San José, hijo de Víctor Manuel y Ana Belén... No está mal, ¿eh? Con algún descendiente de Teddy Bautista tendríamos casi el establishment de la cosa al completo.

Por eso, cuando las críticas de los periódicos comenzaron a cantar las virtudes de esta película, tras su paso por el recién finiquitado Festival de San Sebastián, me saltaron todas las alarmas; temí encontrarme ante un nuevo caso de amiguismo, esa enfermedad que parece haberse enseñoreado de la crítica oficial de nuestra prensa, y que consiste en alabar sistemáticamente toda aquella producción que provenga de uno de los integrantes de la nomenklatura cultural de este país...

Pues no, para nada; no podía estar más equivocado. Es más: confieso que, llevado por esos prejuicios, estuve a punto de perderme la que es una de las mejores películas españolas estrenadas este año y, desde luego, una de las mejores cintas de la cartelera. Si García León ha conseguido una obra tan ajustada, madura y equilibrada como ésta en su segunda película, puede que nos encontremos ante un nombre a tener en cuenta, y tenerlo por lo único verdaderamente valioso: por su talento.

Y eso que hay algunos puntos débiles en Vete de mí, pero en ningún caso lo bastante importantes como para estropear un balance realmente positivo, y que tiene en el duelo actoral de Juan Diego y Juan Diego Botto uno de sus mayores alicientes (pero no el único, porque a lo largo del metraje los personajes secundarios van ofreciéndonos su momento de gloria, y no es el menor la recuperación de nombres tan característicos de una época de nuestro cine como José Sazatornil "Saza" y Esperanza Roy...). Y si el primero fue justo merecedor de la Concha de Plata que le entregaron este domingo
(a pesar de su escasa vocalización en varios instantes de la película, una limitación que, curiosamente, le sirve para hacer aún más creíble el derrumbe interior de su personaje), Botto no le anda a la zaga y ofrece una interpretación que demuestra que, como actor, se crece cuando tiene delante a un monstruo veterano que le obliga a sacar lo mejor de sí mismo (como ya le ocurriera en Martin Hache ante el gigante Luppi).

Vete de mí, bajo la apariencia de una comedia, que oculta en su interior una historia triste que sólo se revela en el último tramo de la película (y sintetizado en el estupendo plano final), narra la historia de un padre y un hijo; el primero, un actor mediocre que, ya instalado en la sesentena y formado en una visión del teatro que consideraba al arte como una herramienta para cambiar la sociedad, malgasta su talento en casposas producciones de estúpidos vodeviles. El segundo, su hijo treintañero, un inútil que vive instalado en la perpetua adolescencia, incapaz de asumir ningún compromiso ni encaminar sus pasos hacia ningún lado, con un ya largo currículum de carreras empezadas y abandonadas, efecto colateral de una concepción de la educación nacida al calor de mayo del 68. Pero Guillermo, que así se llama, es tremendamento simpático y atractivo, se lleva a las chicas de calle y se las arregla para que siempre haya alguien que le saque las castañas del fuego... un tipo peligroso, sin duda, que todo ser juicioso echaría rápidamente de su lado...

...que es justo lo que hace su madre (estupenda Rosa María Sardá), lo que le obliga a recalar en el pequeño apartamento en el que su padre vive junto a una actriz treinta años más joven que él; y esta circunstancia será el punto de partida para una curiosa evolución en la que, poco a poco, el padre irá poniendo en cuestión aquello en lo que él cree descansa su vida, y que no es más que una vacía mentira, los barrotes de una jaula que de repente se le vuelve asfixiante. Y el hijo, enfrentado a la exigencia paterna de que se busque un trabajo se verá, para su sorpresa, obligado a ejercer de padre de su progenitor, una situación viciada de origen porque en su relación de mutuo y recíproco aprovechamiento hablar de cariño es poco menos que un chiste de mal gusto.

Todo ello dará pie a escenas hilarantes, pero que van dejando un poso de amargura que termina por congelar la sonrisa cuando comprendemos que tenemos ante los ojos a dos nulidades exactamente iguales, separadas únicamente por la edad, y que en una sola tarde son capaces de dejar que se evapore lo único que tienen. Y a pesar de algunas convenciones y brochazos de guión, el conjunto transmite una rara autenticidad que nos engancha desde el primer fotograma para ya no abandonarnos hasta el final. Y cuando aparecen los títulos de crédito, nos hemos quedado con la sensación de haber visto buen cine, bien narrado y mejor actuado.

O sea, que la cosa tiene moraleja: cuidado con los prejuicios, y mea culpa (pero que no sirva de precedente).

VETE DE MÍ. España, 2006. Color, 90 min. Director: Víctor García León. Intérpretes: Juan Diego, Juan Diego Botto, Cristina Plazas, José Sazatornil "Saza", Esperanza Roy, Rosa María Sardá. Guión: Víctor García León y Jonás Trueba. Fotografía: Mischa Lluch. Música: David San José. Producción: Juan Gona. Vista en: Cine.

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