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05 noviembre 2006

DECEPCIÓN


El nombre de Steven Zaillian está ligado a varios de los mejores momentos del cine norteamericano de los últimos años: guionista de, entre otras, Despertares, La lista de Schindler (por la que ganó el Oscar), Misión imposible, Hannibal (junto con David Mamet), Gangs of New York o La intérprete, además del próximo proyecto de Ridley Scott, American Gangster, es director de dos títulos muy interesantes (En busca de Bobby Fischer y Acción civil), con una capacidad para la narración y los matices que los distanciaba de los adocenados productos que llenan las carteleras cada temporada.

Si a esto unimos que el reparto de Todos los hombres del rey es de los que quitan el hipo, y que la película se basa en la misma novela de Robert Penn Warren que inspiró en 1949 la mítica El político, de Robert Rossen, que ganó tres Oscar, la expectación era máxima. Pues bien, vistos los resultados, lo mínimo que se puede decir es que estamos ante una película decepcionante.

Y lo es, en primer lugar, por el punto donde podrían esperarse menos fisuras: el guión. Sus dos títulos anteriores como director ya nos habían dado las pautas que configuran su estilo, la búsqueda de una narración limpia, en la que se despoja a la historia de cualquier exceso de elementos que impidan su fluidez y claridad. Así, En busca de Bobby Fischer era una reflexión sobre si es obligatorio seguir un don cuando el precio a pagar es la diferencia y la infelicidad, mientras que en Acción civil se nos detallaba, a través de la caída de un abogado triunfador que se enreda en un caso de indemnizaciones que cree que le consagrará y acaba llevando a la ruina a su bufete, los mecanismos y enjuagues que se ocultan en el funcionamiento de la maquinaria judicial estadounidense. Y, en este segundo caso, sorprendía además la claridad y asepsia de un relato que huía de recursos fáciles como su contemporánea Erin Brockovich, con un planteamiento bastante similar.

Pues bien, en Todos los hombres del rey, esa búsqueda de la esencia se confunde con un adelgazamiento tal de los engarces de la historia que, literalmente, ésta se deshace. Y de ese pecado original vienen todos los males que lastran una película en la que sus dos horas y veinte minutos acaban pesando como una losa: ante una historia deslavazada, que tiene como eje la de la arribada al puesto de gobernador de Louisiana de un populista que pronto se revela como un potencial dictador que se escuda en una pretensión manipuladora de querer devolver toda la riqueza al pueblo, y la de un ramillete de personajes que viven a su sombra, la labor de los actores acaba dando, en muchas ocasiones, palos de ciego.

Algo que afecta a Jude Law (verdadero protagonista de la película, y que hace una interpretación soberbia), pero sobre todo a Kate Winslet y Mark Ruffalo, cuyos personajes, cruciales para la trama, están muy mal explicados, al igual que el de Patricia Clarkson, de la que terminamos queriendo saber más. Anthony Hopkins y James Gandolfini cumplen, pero el verdadero problema es cuando llegamos a Sean Penn.

Aunque no sea el verdadero protagonista de la película (por más que la promoción parezca decir lo contrario), su interpretación del gobernador Willie Stark debería ser el eje central que diese sentido a toda la película. Pero aquí sobreactúa, el dibujo de su personaje está estereotipado, y resulta difícil creer en su capacidad de fascinación. Su forma de dar los discursos resulta demasiado teatral y gesticulante, probablemente con la intención de resaltar el vacío de sus promesas, pero el problema es que nos expulsa y vuelve artificial la inicial respuesta enfervorizada del pueblo. Y luego, cuando se supone que se va alejando de la gente y nos lo presentan con mucha distancia de sus oyentes, la frialdad es tan grande que ni la música de James Horner, excesivamente remarcadora, ayuda.

Y eso que hay momentos, diálogos sueltos, en los que brilla la maestría de Zaillian. Pero el resultado final es el de haber visto tan sólo escenas aisladas, sin vertebrar, en las que las motivaciones de los personajes se nos escapan. Y eso es muy grave cuando, en el fondo, se nos quiere contar una tragedia con pretensiones shakesperianas. Pero poco Shakespeare puede haber cuando lo que les sucede a los que pasan por la pantalla nos importa bien poco.

TODOS LOS HOMBRES DEL REY. All the King's Men. EE. UU., Alemania, 2006. Color, 140 min. Dirección y guión: Steven Zaillian, basado en la novela de Robert Penn Warren. Intérpretes: Sean Penn, Jude Law, Patricia Clarkson, Kate Winslet, James Gandolfini, Anthony Hopkins, Mark Ruffalo, Kathy Baker. Fotografía: Pawel Edelman. Montaje: Wayne Wahrman. Música: James Horner. Producción: Ken Lemberger, Mike Medavoy, Arnold Messer, Steven Zaillian. Vista en: Cine.

[+] Todos los hombres del rey, de Steven Zaillian, en Mi galaxia muy lejana

20 julio 2006

UN RÍO MÍSTICO... ¿Y FASCISTA?

Existe un consenso casi universal en afirmar que Clint Eastwood es uno de los pocos clásicos vivos, un director en el que aún puede rastrearse la huella de un cine a punto de desaparecer, y que entronca con los grandes maestros que hicieron grande a Hollywood. Incluso ha protagonizado tesis doctorales, en las que a través de su carrera cinematográfica se sigue con claridad la evolución del estereotipo masculino en el imaginario estadounidense (lo que vale decir en prácticamente todo el mundo occidental).

Existe también casi unanimidad en señalarle como uno de los escasísimos creadores libres que, mientras firman una extensa, y en muchos casos extraordinaria, filmografía, son capaces de mantener un juego de equilibrio con la industria: Hollywood le adora, pero ha conseguido que no le devore gracias, en gran parte, al manejo de presupuestos aquilatados que no comprometen en demasía a los estudios y aseguran pingües beneficios en caso de éxito sin graves pérdidas en los fracasos. Reivindicado como autor por los europeos (más concretamente por los franceses, como ocurriera antes con Hitchcock, Peckinpah, Allen o Fuller, entre otros), el icono almeriense de las películas de Sergio Leone se ha labrado una reputación que puede llegar a su máxima consagración con Flags of Our Fathers y Red Sun, Black Sand, su doble visión, desde cada uno de los bandos, de la batalla de Iwo Jima.

Este reconocimiento no siempre ha sido tan universal ni tan indiscutido. No deja de resultar llamativo que el director de obras como Medianoche en el jardín del bien y del mal, una auténtica obra maestra en la que se denuncia la profunda hipocresía y corrupción moral en la que vive la presunta "gente de orden" del más tradicional y conservador Sur norteamericano, ofrezca en la vida real declaraciones y actitudes que en ocasiones, y como poco, sólo pueden ser calificadas como reaccionarias, con su defensa a ultranza de la pena de muerte para los pedófilos o sus paseos armados durante su etapa como acalde de Carmel como ejemplo. Y sin embargo, quizá sería más acertado decir que su posición es de un fuerte conservadurismo en lo político pero defensora de un liberalismo e individualismo en lo moral (lo que, en cierta forma, le asemejaría con el ideario del gran John Ford).

Así, no es de extrañar que, a lo largo de su carrera, se haya topado en más de una ocasión con el adjetivo de "fascista". La más importante, ligada a su personaje de Harry el Sucio, pero ha habido más: el sargento Tom Highway de El sargento de hierro y, más recientemente, Mystic River donde, curiosamente, trabajó con dos de los "rojos" más señeros de Hollywood, Sean Penn y Tim Robbins. Una película recibida con entusiasmo por la crítica, pero que tampoco escapó a comentarios que resaltaron una presunta carga ideológica tremendamente reaccionaria, rayana en el fascismo. Claro que, en este caso, fueron los menos y pasaron bastante más desapercibidos: es lo que pasa cuando se llega al estatus de clásico viviente.

La tesis principal de los que ven en la película el ominoso peso del fascismo destacan cómo en ella se nos describe el mecanismo de funcionamiento de una cerrada comunidad de un suburbio norteamericano cualquiera, en el que la justicia sigue sus propias reglas, de manera paralela a la acción judicial y policial, y en el que resulta un engorro pasar por el procedimiento jurídico y el sistema de garantías para identificar, juzgar y castigar a quien, en un momento dado, es señalado como responsable de un crimen tan horrible como la violación y asesinato de la hija del personaje de Penn, un ex delincuente reconvertido en respetado capo del barrio.

Paralelamente a esta trama, transcurre otra, que nos hablaría de la necesidad de que, para conservar la unión de la comunidad, los débiles sean expulsados o, incluso, destruidos. En una especie de darwinismo salvaje, sólo los más fuertes tienen derecho a sobrevivir y, aunque maten erróneamente a quien no cometió el crimen (pero sí otro, porque asesinó a un pederasta, pero eso curiosamente no parece haber levantado ninguna polémica ni discusión), la Ley, encarnada en el personaje de Kevin Bacon, nunca les tocará un pelo y disfrutarán de una total impunidad porque, al fin y al cabo, hicieron lo que hay que hacer. Que alguien sea débil o víctima sólo por el mero azar (el personaje de Tim Robbins quedó señalado en el momento en el que unos pederastas le introdujeron en el coche siendo niño, cuando en realidad el elegido pudo haber sido cualquiera de los amigos con los que estaba jugando) poco importa.

Así, los únicos personajes que, según esta tesis, quedarían físicamente o moralmente destruidos serían los que sufren algún tipo de tara, trauma o característica que les hace, en cierta forma, inferiores a los que sí pertenecen a la comunidad: el taciturno y asustadizo Tim Robbins; su mujer, una débil mental que cual Judas termina vendiéndole; su hijo, condenado a una orfandad que todo parece indicar le llevará a seguir los pasos de su padre, como nos refleja la patética escena final del desfile; y el hermano sordomudo del novio de la chica asesinada, a quien mató para evitar que los dos huyesen y le dejasen viviendo con el ogro de su madre).

Frente a ellos, se alzan las figuras que representan el poder, el orden, y que quedan impunes: Sean Penn, quien se ve obligado a retornar a su pasado y optar de nuevo por la violencia cuando había jurado no volver a hacerlo al formar una familia (un estereotipo muy repetido en el cine de Eastwood); su mujer, verdadera Lady Macbeth capaz de hacer cualquier cosa por mantener a su marido en su posición de rey del barrio (prodigiosa Laura Linney); y el policía interpretado por Kevin Bacon, que cuando llega a saber la verdad la sacrifica para que el orden establecido pueda mantenerse (lo que, en una acción sin real causa-efecto pero profundamente simbólica, le lleva a recuperar a su mujer).

Todos esos temas están bien visibles en la película, hasta el punto de que son las ideas fuerza que la sostienen, más allá de la trama puntual. Pero en lo que resulta más difícil estar de acuerdo es en la afirmación de que Eastwood nos está haciendo una apología de ello. Si así fuera, hubiese tomado otro camino, porque no hay nada glorioso en ese niño que desfila solitario en una carroza, con una profunda cara de tristeza, ni en que la profunda división entre los triunfadores y los perdedores se nos muestre bajo los sones patrióticos y entusiásticos de un desfile lleno de banderas y motivos norteamericanos. En realidad, en esa escena se muestra el mecanismo más profundo y cruel que sostiene toda una sociedad y, lo que menos le queda a uno, es la sensación de que así deben ser las cosas, y así deben continuar. Antes al contrario, hay un desagrado profundo que invade al espectador... Si eso puede llamarse propaganda, entonces es una propaganda muy extraña.

Dos años después, Eastwood seguiría su asombrosa senda de madurez con la absoluta obra maestra que es Million Dollar Baby, una película que debería haber acallado cualquier acusación de flirteo con el fascismo por su defensa a ultranza de la dignidad de los perdedores, lo que la sitúa, en cierta forma, en las antípodas de Mystic River. Pero el viejo debate volverá, incluso, cuando Clint estrene sus dos visiones de la mayor batalla del Pacífico, en la que dará voz y perspectiva al enemigo. Es lo que pasa cuando eres un personaje complejo, genial y profundamente humano: estamos perdiendo la costumbre de tratar con ellos; nos van mucho mejor los planos y unidimensionales, que abarcamos cómodamente con una etiqueta.

MYSTIC RIVER. Mystic River. EE. UU., 2003. Color, 132 min. Director: Clint Eastwood. Intérpretes: Sean Penn, Tim Robbins, Kevin Bacon, Laurence Fishburne,Marcia Gay Harden, Laura Linney. Guión: Brian Helgeland, según la novela de Dennis Lehane. Fotografía: Tom Stern. Música: Clint Eastwood. Producción: Robert Lorenz, Ludie G. Hoyt, Clint Eastwood. Vista en: DVD (Warner)

[+] Una imagen... Mystic River, en Cineahora

11 junio 2006

EL SUICIDIO DE SAMUEL J. BICKE


¿Qué ocurre en la mente de un ciudadano corriente, un trabajador del montón, padre y esposo mediocre, creyente en las bondades de su país y en los derechos civiles, para que un día decida secuestrar un avión con la intención de estrellarlo contra la Casa Blanca, más con la intención de pasar a la historia como el autor de un magnicidio que para hacer una verdadera revolución?

La primera reacción que a uno le asalta al ver El asesinato de Richard Nixon, la opera prima de Niels Mueller (¡qué aluvión de interesantes primeras películas nos están llegando estas semanas!) es de sorpresa: una producción norteamericana, por mucho indie que sea, no parece el mejor terreno para mostrar cómo una persona normal (o al menos, de aparente normalidad) se transforma en un terrorista, por más que sea la suya una acción aislada, ajena a cualquier grupo (ridículo su intento de adherirse, siendo blanco, a los Panteras Negras, por aquellos años de 1972-74 tan en boga). Por eso, resulta gratificante ver en los títulos de crédito, en labores de producción, a nombres tan ligados a la industria y el glamour de Hollywood como Leonardo DiCaprio y Alfonso Cuarón, en un apoyo a una empresa difícil, casi imposible, como es la de llevar al cine una historia en la que el rótulo de basado en hechos reales, por una vez, no es gratuito y engañoso: de hecho, los aspectos más increíbles son absolutamente ciertos, si hemos de creer al director y co-guionista del film.

Pero quien asume mayor ración de riesgo es Sean Penn, por lo que supone para un actor ganador del Oscar aceptar el reto de hacer comprensible a un hombre que deviene asesino casi a su pesar. Y es un mérito que casi compensa sus esporádicas sobreactuaciones (¿os habéis fijado en que Penn es uno de los actores que peor lloran en pantalla, curiosamente igual de mal a como lo hace De Niro?), porque el toro a lidiar es bien bravo.

Y más si tenemos en cuenta la tesis sostenida por la película: Sam Bicke, en el fondo, no quiere más que ser lo que se supone que le corresponde, pero su mediocridad intrínseca, su falta de carisma y su dificultad para encajar en la sociedad, le llevan a chocar constantemente con la realidad: le gustaría ser empresario, pero es incapaz de poner en marcha una empresa, tras fracasar en trabajar en la familiar junto a su hermano; quiere recuperar a su mujer (una estupenda ¡y morena! Naomi Watts), pero sus torpes intentos no hacen más que alejarla cada vez más; que sus hijos le quieran, pero no hace nada para atraérselos; no consigue siquiera que su único amigo (Don Cheadle) crea en él; ni conservar a su perro, el único que parece hacerle algo de caso, si bien con escaso entusiasmo. Y esa disociación entre lo que es y lo que debería ser le lleva a perder sin remedio cualquier contacto con la realidad, hasta el punto de sentirse alma gemela de Leonard Bernstein, a quien pretende hacer partícipe de sus intenciones de perpetrar el crimen que cambiará el curso de la historia del mundo y le hará un hueco en los libros de historia, junto a Lee Harvey Oswald.

Pero es que en esa evolución late la denuncia de que un sistema político corrupto, en que la mentira es el santo y seña, en que se gana las elecciones prometiendo a los votantes sacar a las tropas de una guerra para a continuación multiplicar los soldados enviados allí, para volver a ganar prometiendo exactamente lo mismo; en que los procesos democráticos se ven infestados por investigaciones, trampas, difamaciones, tensiones, acaba contagiando sin remedio a la sociedad. En la alucinada visión de Sam, si no puedes confiar en el presidente, no lo puedes hacer en el sistema; y, entonces, es lícito atacarlo de manera violenta para sacudirlo. Y el hecho de que, en realidad, sólo quiera ser no ya querido, sino dejar de ser el invisible en cuya existencia nadie repara, no evita que la tesis mantenga un ligero hilo de relación con la manifestada en V de Vendetta, por más que en ésta lo heroico, lo magnífico, sustituya a lo monótono, lo aburrido, lo alienante. ¿Qué está pasando en Norteamérica para que tantas películas vengan a incidir en lo mismo?

Niels Mueller lleva con corrección la película, pero le falta ese algo que la convierta en una obra tan contundente como lo fue Taxi Driver en su momento. Nos describe de manera convincente el proceso, el ahogo que supone vivir en un sistema falsamente meritocrático, en el que estás constantemente bajo la lupa de alguien que juzga y valora tu comportamiento. Y sobre todo, lanza una advertencia, fácilmente legible mediante la simple sustitución de Nixon por cierto presidente texano actual. Pero sería un error quedarse en una lectura tan lejana a nuestras fronteras:
¿de verdad no nos está diciendo algo que podemos aplicar a nuestra propia realidad política y social actual?

EL ASESINATO DE RICHARD NIXON. The Assassination of Richard Nixon. EE. UU., México, 2004. Color, 96 min. Director: Niels Mueller. Intérpretes: Sean Penn, Naomi Watts, Don Cheadle, Jack Thompson, Brad William Henke. Guión: Kevin Kennedy, Niels Mueller. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: Steven M. Stern. Productores: Alfonso Cuarón, Jorge Vergara. Vista en: Cine.