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22 enero 2007

LARS, EL CACHONDO


Me encuentro absorto estos días viendo The Kingdom, la mítica serie que Lars von Trier rodó para la televisión danesa, y que recientemente ha sido editada (¡oh, milagro!), en DVD en nuestro país.

La serie (que conoció dos temporadas, una en 1994 y otra en 1997) narra una historia, sobre el papel, bastante trillada: sobre los restos en los que, en tiempos inmemoriales, se encontraba un extraño lavadero de ropa (y que se nos muestra, de una manera inquietante, en el prólogo de cada capítulo), se levanta hoy en día The Kingdom, un hospital con los últimos avances médicos y tecnológicos, un auténtico cántico al poder de la ciencia y el raciocinio que atrae a los mejores especialistas del país...

...hasta que una serie de apariciones y fenómenos sobrenaturales comienzan a manifestarse en el hospital, empezando por una ambulancia fantasma que por las noches se detiene, inquietante, con un extraño resplandor en sus ventanillas, en la entrada de urgencias, y continuando con los lloros de una niña que una anciana ingresada oye en el hueco del ascensor, terremotos e inundaciones sin explicación alguna, o el feto de una médico embarazada que crece con una rapidez inusitada...

Como digo, estoy en estos momentos viendo la serie, así que no puedo dar una opinión definitiva, pero me resulta extremadamente interesante porque es puro Von Trier: y lo es porque, a pesar de seguir a pies juntillas las normas establecidas por el género, sus preocupaciones y sus temas están bien presentes. Así, la ciencia que se ejerce en el hospital The Kingdom (no por casualidad se llama El Reino, un nombre con resonancias cuasireligiosas) ha terminado derivando en una superstición y creencia ciegas en el poder de la medicina, ejemplificado en esa logia en la que ingresan los médicos, en la que el doctor encargado del depósito de cadáveres posee una ciertamente retorcida metafísica o en la que un médico joven, hijo del director, puede ser capaz de entregar, como un morboso regalo que él pretende romántico, la cabeza de un cadáver a la enfermera de la que está obsesionado... Curiosos temas, que reconozco tengo enorme curiosidad de saber cómo los adaptó Stephen King en su propia versión televisiva, Kingdom Hospital, un remake de esta serie de Von Trier (y, por cierto, Stephen y Lars, ¡menuda pareja!)

Pero hay un punto fundamental que es el que me ha lllevado a escribir este post, un aspecto que, en cierta forma, me ha venido a iluminar el resto de la obra de Von Trier, y son los títulos de crédito que cierran cada capítulo: efectivamente, tras un final preferentemente climático, que suele ir acompañado de un golpe de efecto, de repente suena la sintonía, aparecen los títulos... y vemos al propio Lars, vestido de etiqueta (véase la imagen de arriba) que, con una sonrisa que sólo puede interpretarse como burlona, se dirige al espectador para hacer consideraciones sobre lo que ha visto, con comentarios del tipo de: "bueno, hoy no ha pasado gran cosa, porque hemos querido ir despacio para presentar los personajes, pero ya verán en el próximo capítulo, como todo se acelera"; preguntas que pretenden involucrar al espectador ("¿ustedes oyen alguna vez lloros? Y, ¿qué hacen cuando los oyen? ¿Intentan ayudar? ¿O se quedan sin hacer nada?"), y una despedida que personalmente me encanta, cuando invita al televidente a regresar en el siguiente capítulo, donde podrá presenciar una vez más el combate entre el Bien (y aquí traza con un dedo el signo de la cruz en el aire) y el Mal (donde pone los cuernos, como también se ve en la imagen superior).

La primera vez que lo vi, me quedé de piedra. Y sólo pude alcanzar una explicación: el tío estaba riéndose de todo lo que nos había mostrado en la hora anterior. De hecho, nos estaba diciendo que él no creía para nada en lo narrado, y que todo era una burla, a pesar de que nos lo había contado de la forma más correcta e inquietante de la que era capaz. Y así, de repente, me di cuenta de que ésa era la clave de toda la obra de Von Trier: que, ocurriese lo que ocurriese, por muy tremendo que fuese lo narrado, por mal que lo pasase Björk en Bailar en la oscuridad, por más que se llevase al extremo la degradación de Grace en Dogville o encarase la autodestrucción el protagonista de Europa, todo, en la retorcida mente de este danés genial pero odioso, no es más que una broma, una profunda broma.

Es decir, tuve la clave para descifrar todo el cine de Von Trier. Y ésta me ayudó a reforzar la opinión que siempre he mantenido respecto a él: la de que es un genio, uno de los mayores del cine mundial de nuestro tiempo; pero, a la vez, un profundo alivio de no tener que tratar personalmente con él. No se puede tener una visión así del dolor y el sufrimiento y salir indemne, de eso estoy seguro.

THE KINGDOM (serie TV). Riget. Dinamarca, Alemania, Francia, Suecia, 1994 (1ª temporada), 1997 (2ª). Color, 278 min. (1ª), 286 (2ª). Director: Lars von Trier, Morten Arnfred. Guión: Tómas Gislason, Lars von Trier, Niels Vørsel. Intérpretes: Ernst-Hugo Järegård, Kirsten Rolffes, Holger Juul Hansen, Søren Pilmark, Ghita Nørby, Udo Kier. Fotografía: Eric Kress. Montaje: Molly Marlene Stensgård. Música: Joachim Holbek. Producción: Sven Abrahamsen, Philippe Bober, Peter Aalbæk Jensen, Ole Reim, Ib Tardini. Vista en: DVD (Versus)

09 septiembre 2006

EL TOQUE MANN


Es curioso el caso de Michael Mann. Aunque encuadrado en el sector industrial y más comercial de Hollywood, sus películas, especialmente las más recientes, han ido acometiendo retos que, sobre el papel, parecen rehuir algunos de los elementos considerados imprescindibles para el éxito de una película de gran presupuesto.

Así, en El dilema diseccionaba con escalpelo las intrigas en torno a la industria tabaquera; en Heat nos ofrecía un duelo mayúsculo entre un maestro del robo interpretado por Robert de Niro y un detective dispuesto a atraparlo (Al Pacino) que suponía una puesta al día de lo mejor del cine negro clásico; en Alí nos narraba la historia de Mohamed Alí sin concesiones al biopic almibarado y televisivo, y en Collateral, su última película hasta la que ahora nos ocupa, seguía las peripecias de un asesino a sueldo y su obligado conductor a lo largo de una noche en Los Ángeles, con el único escenario, durante buena parte del metraje, del interior del taxi.

Algo parecido vuelve a ofrecernos en Corrupción en Miami, un trabajo que, sin la pegada de Collateral ni los niveles de Heat, ofrece un título cien por cien Mann. Frente a otras películas que han tomado las viejas franquicias televisivas para traducirlas al estándar del cine comercial de principios del siglo XXI (que, para sus perpetradores, parece resumirse en explosiones, ritmo videoclipero y mucho ruido, y que conste que no miro a nadie, Drew), Mann ha optado por llevar a la pantalla a Sonny Crockett y Ricardo Tubbs a través de un proceso de adultización (y perdón por el palabro).

En manos de otro director, Corrupción en Miami habría derivado, seguramente, en un espectáculo tan aburrido como explosivo, pero Mann apuesta por un guión en el que la acción, a lo largo de las algo más de dos horas que dura la película, es más bien escasa, salvo la ineludible concesión al tiroteo final. Y, como ya hiciera en Collateral, por el recurso a la cámara en mano y una iluminación sucia (muchas de las escenas nocturnas, sobre todo las rodadas en exteriores, ofrecen un visible grano en la pantalla que delata las malas condiciones lumínicas en que fueron rodadas), lo que tiene como consecuencia el teñir de verosimilitud una historia que, en el fondo, es muy parecida a la de muchos otros blockbusters.

Esa mirada es, quizá, lo más interesante de la propuesta. Porque, cuando se rueda en esas condiciones, el hecho de que los protagonistas conduzcan un Ferrari, un jet privado, un avión o una lancha que nada tiene que envidiar a un monoplaza de Fórmula 1, aparece de una manera en las antípodas de lo que sería, por ejemplo, una producción típicamente jamesbondiana: aunque veamos el lujo que mueve el narcotráfico y la delincuencia high class, no abandonamos en ningún momento los parámetros del cine negro, y la sordidez impregna hasta el aparato más sofisticado que aparezca en el plano. Y así, Corrupción en Miami se convierte en una crónica detallada de los mecanismos utilizados por las grandes redes criminales y los métodos al borde de la legalidad de la policía y el FBI para desenmascararles y detenerles.

Además, la propuesta estilística de Mann sirve para arropar y disimular un guión que, si bien eficaz, no aporta prácticamente nada nuevo, pues es una fotocopia de muchas otras películas que hemos visto. Y para potenciar a unos actores que están formidables, desde un Colin Farrell convenientemente macarra, a un Jamie Foxx más reflexivo que su compañero, una sorprendente Gong Li, ex musa del cine oriental delicatessen (impagable oírle soltar tacos en español en la versión original)... y un Luis Tosar superlativo, que da sopas con honda al Bardem de Collateral sobre cómo se contruye un malo malísimo en las cuatro escenas escasas en que aparece (y por cierto, genial el guiño a Amancio Ortega).

Por todo ello, Corrupción en Miami es una perfecta puerta de entrada al cine de Michael Mann... para quien aún lo desconozca. Pero, para quien ha vibrado con algunas de sus grandes obras, es inevitable que la película, aún funcionando, siguiéndose con interés y con la sensación de estar ante un título de calidad, quede lejos de ellas.

Seguramente quedará como una película menor en la filmografía de Mann, pero ¡ojalá el grueso del cine norteamericano fuese tan menor como éste!


CORRUPCIÓN EN MIAMI. Miami Vice. EE. UU., Alemania, 2006. Color, 134 min. Director y guión: Michael Mann, basado en la serie creada por Anthony Yerkovich. Intérpretes: Colin Farrell, Jamie Foxx, Gong Li, Naomie Harris, Ciarán Hinds, Justin Theroux, Luis Tosar, John Ortiz. Fotografía: Dio Beebe. Música: John Murphy. Producción: Pieter Jan Brugge, Michael Mann. Vista en: Cine.

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