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02 agosto 2007

¿ES QUE NO HAY ESPERANZA?


Por edad, sólo he tenido una ocasión de ver una película de estreno de Ingmar Bergman en el cine. Fue Saraband, y fue hace dos años. Hasta entonces, su obra había sido carne de ciclos en la Filmoteca y en el colegio mayor, de películas emitidas en televisión a horas intempestivas (cuando aún podían verse esas cosas en la caja tonta) y, más tarde, de DVDs. Recuerdo la sensación especial al sentarme en la sala de los Verdi, algo extraño como si, a través de un agujero espacio-temporal, uno de esos mitos que uno tiene ya perfectamente ubicados en el pasado se hubiese despegado para incrustarse en nuestro presente, en color y perfecto formato digital (curiosamente, el maestro había decidido, en las últimas décadas, negarse a filmar para el celuloide; no deja de ser llamativo que, en una época en la que abundan las proclamas apocalípticas sobre el hundimiento de la televisión, fuera Bergman uno de los mayores defensores de la pequeña pantalla).

Y es cierto que,
desde el primer momento, uno sabía que se sumergía en un universo reconocible, que regresaba desde aquellas sesiones de cinéfilo despistado para recibir una nueva e inesperada dosis de Cine: imposible no quedarse subyugado cuando Marianne, el personaje de Liv Ullman, contempla el despertar de su ex marido Johan (Erland Josephson); y del mismo modo, la forma en cómo se va desarrollando la película, como pasos de baile de la zarabanda que le da título, rodando de una manera pseudo teatral a los personajes prácticamente de dos en dos a lo largo de diez capítulos, te va desplegando las tensas relaciones entre Johan y Marianne, que ha venido a verle después de muchos años, y entre el hijo de éste, Henrik, y su hija Karin, un microcosmos en el que pronto las relaciones de amor y cariño se tornan pulsos de poder en los que siempre alguien subyuga al otro, y en los que los lazos de la sangre terminan no siendo otra cosa que títulos de propiedad sobre los que te rodean.

Y lo más desconocertante fue comprobar cómo, al final del camino, cualquier atisbo de redención, de fe, de esperanza en algo divino que nos libere del sufrimiento que la vida y nosotros mismos nos infligimos, había desaparecido. Si Saraband refleja los pensamientos que poblaban
la mente de Bergman cuando este lunes murió en su refugio de Faro, entonces el descreimiento, la falta de asideros, es total. Y si una imagen lo refleja con más contundencia es la de los cuerpos, desnudos, ajados, ancianos, de Ullman y Josephson, el símbolo de que ni el arte ni la fe ni la belleza lograrán salvarnos.

Era una película desoladora pero, a la vez, tremendamente bella. Y Bergman demostró, en su canto del cisne, porqué fue uno de los grandes: porque supo poner en imágenes el miedo y las preguntas que nos acechan; y eso, paradójicamente, nos hace sentirnos menos solos. Y ni siquiera nos importa que eso sea un falso consuelo.







Saraband
Suecia, 2003 107 min.

Escrita y dirigida por Ingmar Bergman
Interpretada por Liv Ullman, Erland Josephson, Börje Ahlstedt, Julia Duvfenius, Gunnel Fred
Montaje de Sylvia Ingemarsson
Fotografía de Raymond Wemmenlöv, Per-Olof Lantto, Sofi Stridh, Jesper Holström, Stefan Eriksson
Producida por Pia Ehrnvall



30 junio 2007

¡QUEREMOS TANTO A WALLANDER!


Ahí le tenéis, él es el culpable. Se llama Henning Mankell y es el creador de uno de los detectives que más seguidores han cosechado en todo el mundo, un policía de Ystad, una pequeña localidad del sur de Suecia, que compagina la investigación de sus casos con los problemas derivados de la soledad que le procura un divorcio, un padre que no le entiende, una hija con la que no logra comunicarse como le gustaría, y que a lo largo de la serie de siete novelas que, cronológicamente, nos lo van presentando, acumula problemas de sobrepeso, un incipient
e alcoholismo, diabetes y, lo peor de todo, la sensación de no entender gran cosa de un país que antes era poco menos que el paraíso y ahora se enfrenta a problemas que sobrepasan las posibilidades de una pequeña comisaría. Su nombre: Kurt Wallander.

Digámoslo claro: Mankell no es, por ejemplo, Raymond Chandler. Literariamente, su estilo es correcto, pero no maravilloso. Y sin embargo, el magnetismo que desprende su personaje es poderoso; quizá porque es fácil reconocerse en sus pequeñas miserias, en los fracasos cotidianos que tanto pueden recordarnos a los nuestros. Quizá porque no es un héroe, y por momentos ni siquiera resulta simpático (lo que resulta más evidente en Antes de que hiele, la primera novela de la nueva serie dedicada a la hija, también policía y en la que Wallander se nos muestra a través de la visión de ella). Quizá, en fin, porque termina siendo un viejo conocido que se reencuentra contigo en cada volumen.



Desde luego, lo que es un hecho cierto que es un éxito; lo fue primero en su país de origen, luego en Alemania y, de ahí, ha ido saltando a otros, entre ellos el nuestro. Tanto es así que Ystad ha creado un paquete turístico para los seguidores del comisario, en el que pueden visitarse los escenarios reales que aparecen en los libros; se multiplican los clubes de fans en internet y el actor que lo encarnó en una serie de adaptaciones televisivas, Rolf Lassgård (al que podéis ver encima de este párrafo) se ha convertido en una celebridad en Suecia y Alemania (aunque ha sido sustituido en la nueva serie, que adapta las novelas de la hija, por Krister Henriksson).

Me he sentido decepcionado al saber que Paul Verhoeven ha cancelado, al parecer definitivamente, su proyecto de adaptar, Hollywood style, Pisando los talones, una de las novelas de la serie. Incluso, se había filtrado que la podría protagonizar Brian Dennehy (¿qué ha sido de él?), un actor que, desde luego, da la apariencia física que uno se imagina en Wallander, aunque quizá sea demasiado viejo. De todas maneras, no parece que vaya a ser así, y bien que lo siento, porque reconozco que las producciones suecas (editadas en nuestro país en DVD y creo que visibles en alguna de las cadenas locales que pululan por ahí) me saben a poco. Tampoco tengo muy claro en qué podía quedar convertido el bueno de Kurt tamizado por el pillo de Paul, pero la curiosidad, desde luego, era máxima.

Habrá que esperar, porque desde luego es un personaje potente, con enormes posibilidades. Mientras tanto, nos quedan los libros, magro consuelo para los que ya nos los hemos devorado. Y si no lo conocéis, os recomiendo coger el primero, Asesinos sin rostro, y echarle un vistazo. Si os gusta, enhorabuena y adelante, tenéis seis títulos más para disfrutar (menos Los perros de Riga, el segundo y con diferencia el más flojo). Y os puedo asegurar que os envidiaré mucho.


P. S. Cuando había terminado de escribir este post, me entero de que Johanna Sällström, la actriz que hacía de la hija de Wallander, Linda, en la serie producida y emitida el año pasado, apareció muerta el pasado 13 de febrero, con tan sólo 32 años de edad, en Malmö. Y, como podéis ver en la cantidad de vídeos que sus fans han colgado en YouTube, sus seguidores eran innumerables. Verdaderamente impresionante.

22 marzo 2007

LA RISA, SEGÚN VON TRIER





¿Puede una comedia que no acaba de funcionar como tal ser, a pesar de ello, una cinta de interés? Sí, si se titula El jefe de todo esto y la firma ese enervante genio llamado Lars von Trier.

[+] Mi crítica en LaButaca.net

22 enero 2007

LARS, EL CACHONDO


Me encuentro absorto estos días viendo The Kingdom, la mítica serie que Lars von Trier rodó para la televisión danesa, y que recientemente ha sido editada (¡oh, milagro!), en DVD en nuestro país.

La serie (que conoció dos temporadas, una en 1994 y otra en 1997) narra una historia, sobre el papel, bastante trillada: sobre los restos en los que, en tiempos inmemoriales, se encontraba un extraño lavadero de ropa (y que se nos muestra, de una manera inquietante, en el prólogo de cada capítulo), se levanta hoy en día The Kingdom, un hospital con los últimos avances médicos y tecnológicos, un auténtico cántico al poder de la ciencia y el raciocinio que atrae a los mejores especialistas del país...

...hasta que una serie de apariciones y fenómenos sobrenaturales comienzan a manifestarse en el hospital, empezando por una ambulancia fantasma que por las noches se detiene, inquietante, con un extraño resplandor en sus ventanillas, en la entrada de urgencias, y continuando con los lloros de una niña que una anciana ingresada oye en el hueco del ascensor, terremotos e inundaciones sin explicación alguna, o el feto de una médico embarazada que crece con una rapidez inusitada...

Como digo, estoy en estos momentos viendo la serie, así que no puedo dar una opinión definitiva, pero me resulta extremadamente interesante porque es puro Von Trier: y lo es porque, a pesar de seguir a pies juntillas las normas establecidas por el género, sus preocupaciones y sus temas están bien presentes. Así, la ciencia que se ejerce en el hospital The Kingdom (no por casualidad se llama El Reino, un nombre con resonancias cuasireligiosas) ha terminado derivando en una superstición y creencia ciegas en el poder de la medicina, ejemplificado en esa logia en la que ingresan los médicos, en la que el doctor encargado del depósito de cadáveres posee una ciertamente retorcida metafísica o en la que un médico joven, hijo del director, puede ser capaz de entregar, como un morboso regalo que él pretende romántico, la cabeza de un cadáver a la enfermera de la que está obsesionado... Curiosos temas, que reconozco tengo enorme curiosidad de saber cómo los adaptó Stephen King en su propia versión televisiva, Kingdom Hospital, un remake de esta serie de Von Trier (y, por cierto, Stephen y Lars, ¡menuda pareja!)

Pero hay un punto fundamental que es el que me ha lllevado a escribir este post, un aspecto que, en cierta forma, me ha venido a iluminar el resto de la obra de Von Trier, y son los títulos de crédito que cierran cada capítulo: efectivamente, tras un final preferentemente climático, que suele ir acompañado de un golpe de efecto, de repente suena la sintonía, aparecen los títulos... y vemos al propio Lars, vestido de etiqueta (véase la imagen de arriba) que, con una sonrisa que sólo puede interpretarse como burlona, se dirige al espectador para hacer consideraciones sobre lo que ha visto, con comentarios del tipo de: "bueno, hoy no ha pasado gran cosa, porque hemos querido ir despacio para presentar los personajes, pero ya verán en el próximo capítulo, como todo se acelera"; preguntas que pretenden involucrar al espectador ("¿ustedes oyen alguna vez lloros? Y, ¿qué hacen cuando los oyen? ¿Intentan ayudar? ¿O se quedan sin hacer nada?"), y una despedida que personalmente me encanta, cuando invita al televidente a regresar en el siguiente capítulo, donde podrá presenciar una vez más el combate entre el Bien (y aquí traza con un dedo el signo de la cruz en el aire) y el Mal (donde pone los cuernos, como también se ve en la imagen superior).

La primera vez que lo vi, me quedé de piedra. Y sólo pude alcanzar una explicación: el tío estaba riéndose de todo lo que nos había mostrado en la hora anterior. De hecho, nos estaba diciendo que él no creía para nada en lo narrado, y que todo era una burla, a pesar de que nos lo había contado de la forma más correcta e inquietante de la que era capaz. Y así, de repente, me di cuenta de que ésa era la clave de toda la obra de Von Trier: que, ocurriese lo que ocurriese, por muy tremendo que fuese lo narrado, por mal que lo pasase Björk en Bailar en la oscuridad, por más que se llevase al extremo la degradación de Grace en Dogville o encarase la autodestrucción el protagonista de Europa, todo, en la retorcida mente de este danés genial pero odioso, no es más que una broma, una profunda broma.

Es decir, tuve la clave para descifrar todo el cine de Von Trier. Y ésta me ayudó a reforzar la opinión que siempre he mantenido respecto a él: la de que es un genio, uno de los mayores del cine mundial de nuestro tiempo; pero, a la vez, un profundo alivio de no tener que tratar personalmente con él. No se puede tener una visión así del dolor y el sufrimiento y salir indemne, de eso estoy seguro.

THE KINGDOM (serie TV). Riget. Dinamarca, Alemania, Francia, Suecia, 1994 (1ª temporada), 1997 (2ª). Color, 278 min. (1ª), 286 (2ª). Director: Lars von Trier, Morten Arnfred. Guión: Tómas Gislason, Lars von Trier, Niels Vørsel. Intérpretes: Ernst-Hugo Järegård, Kirsten Rolffes, Holger Juul Hansen, Søren Pilmark, Ghita Nørby, Udo Kier. Fotografía: Eric Kress. Montaje: Molly Marlene Stensgård. Música: Joachim Holbek. Producción: Sven Abrahamsen, Philippe Bober, Peter Aalbæk Jensen, Ole Reim, Ib Tardini. Vista en: DVD (Versus)