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21 noviembre 2006

LA BOMBA SUBVERSIVA




Borat es una experiencia provocativa al límite, y su estructura de falso documental, no apto para todos los estómagos ni retinas, esconde bajo lo soez una lúcida e inteligentísima crítica hacia Estados Unidos y sus habitantes.

11 agosto 2006

MÁS BRUCKHEIMER QUE NUNCA

Piratas del Caribe fue una agradable sorpresa, porque ver el nombre de Jerry Bruckheimer asociado a una película de este tipo desenterraba los peores temores, máxime cuando uno recordaba precedentes como Pearl Harbour (sorprende que la Disney volviese a confiar en él después del descalabro que supuso aquella ridiculez, aunque hay que reconocer que la jugada le salió redonda). Sin embargo, el resultado fue estupendo, y los espectadores tuvieron la posibilidad de asistir a una película de aventuras con sabor a las de antes. No descubría la pólvora (ni el ron, ya puestos), pero se trataba de una genial adaptación de los modelos de las películas clásicas (por más que los puristas se rasgaran las vestiduras y entonaran como quien reza el rosario las películas de Errol Flynn, como si aquéllas tuviesen un fondo intelectual que, francamente, seguro nadie pensó en darles cuando se rodaron), siguiendo el esquema ya santificado (que no descubierto) por George Lucas y Steven Spielberg en En busca del arca perdida: personajes atractivos, guión de hierro, un ritmo endiablado que no daba descanso al espectador, espectacularidad y efectos especiales sabiamente dosificados y un aderezo de fantasía terrorífica.

Pues bien, los codiciosos ejecutivos de Disney han querido repetir la jugada, pero si bien económicamente les ha salido perfecta, no así en lo estrictamente cinematográfico (que supongo que no les interesa demasiado, visto que la caja está llena a espuertas). Esta nueva entrega de lo que va a ser una trilogía adolece de los defectos que la primera, bien por habilidad o por casualidad, había logrado soslayar: tiene profundos bajones de ritmo, los personajes son apenas reflejos desvaídos de los de la anterior (y los escasos nuevos no tienen demasiado gancho), el guión es apenas un fino hilo que sujeta malamente las distintas secuencias, y lo peor de todo: se hace larga y, en algunos momentos, francamente tediosa (y que conste que no me pareció sólo a mí: un grupo de niños demostró su aburrimiento bastante ruidosamente en varios momentos de la película).

Curiosamente, los únicos instantes en los que la película funciona y le saca a uno del letargo son los de pura acción, en los que el diseño de producción y las genialidades de la Industrial Light & Magic levantan algo el escaso interés de las escenas de diálogo y ¿desarrollo? de la trama (cuando en la anterior entrega se mantenía perfectamente el equilibrio entre ambas). Lástima que todo suene a ya visto, y además mejor; no se aprecia demasiada fe en el producto a lo largo del metraje, y curiosamente es la desgana la sensación que finalmente se lleva uno.

En el Hollywood actual, es absolutamente normal que el márketing domine la producción cinematográfica, y me atrevo a decir que eso no es ni bueno ni malo, lo que importa es el resultado. Y me temo que con Piratas del Caribe nos asomamos a la repetición del fenómeno Matrix, un hundimiento del interés y la innovación de la primera entrega a través del hiperdesarrollo y la elefantiasis. Ni siquiera el forzadísimo golpe de guión del final de la película despierta especial ansia por ver la tercera.

Y es una lástima, ¡con lo bien que me caía a mí Jack Sparrow!

PIRATAS DEL CARIBE: EL COFRE DEL HOMBRE MUERTO. Pirates of the Caribbean: Dead Man's Chest. EE. UU., 2006. Color, 150 min. Director: Gore Verbinski. Intérpretes: Johnny Depp, Orlando Bloom, Keira Knightley, Jack Davenport, Bill Nighy, Jonathan Pryce, Stellan Skarsgård, Tom Hollander, Naomi Harris. Guión: Ted Elliott, Terry Rossio. Fotografía: Dariusz Wolski. Música: Hans Zimmer. Productor: Jerry Bruckheimer. Vista en: Cine.

[+] Matías, en Silencio, se rueda
[+] Álvaro Oliva, en Álvaro Oliva
[+] Iñaki, en Pelisbilbao
[+] Piratas del Caribe 2, en El gran carnaval

21 mayo 2006

¡POR DIOS, QUE VENGA INDIANA!


Una película a la que preceda una aparatosa campaña de marketing no tiene por qué ser necesariamente mala. Por si quedaba alguna duda, hace más de una década nos lo demostró Steven Spielberg, cuando los meses anteriores al estreno de Parque Jurásico vivieron una de las promociones más espectaculares, eficaces y modélicas que se recuerdan, al conseguir que los dinosaurios se convirtieran en objeto de interés y deseo en todo el mundo (si bien, en ese caso, fue necesaria una separación de algunos años para que la crítica se pudiese librar de la distorsión promocional para reconocerle a la película lo que es, un magistral ejemplo de cine de aventuras).

En el caso de El código Da Vinci, nos encontramos ante una jugada a priori aún más perfecta: la campaña principal ya estaba hecha, por cuanto el libro lleva un par de años en boca de todos, y prácticamente no queda nadie que no sepa su pretendidamente revolucionario argumento; si a esto se añade una gran producción estilo Hollywood, un director de confianza de la industria, un guionista renombrado y un reparto espectacular de nombres solventes y de prestigio, parece que el envite no podía salir mal, y que como mínimo nos enfrentaríamos a un producto digno, mero entretenimiento. Lo que, tal y como andan las cosas, no era un mal resultado.

Pues no; nada de nada. ¿Cómo es posible? La calidad literaria del libro de Dan Brown es prácticamente nula, pero en sus páginas se escondía, eso era evidente, un esqueleto de guión que podía funcionar muy bien en pantalla. Que lo que en él se nos narraba fuese inverosímil no representaba mayor problema porque, a estas alturas, sabemos que el cine tiene que ser coherente, nunca realista, y si el guionista y el director eran lo suficientemente hábiles, lo que no funcionaba como libro podía hacerlo como película (ya ha pasado otras veces, recordemos el socorrido ejemplo de Tiburón). Y el tema, no lo neguemos, tiene garra: una conspiración milenaria, la Iglesia como un poder paralelo (con el morbo añadido de ver al Opus Dei como una fuerza oscura, en una caricatura de trazo grueso de la que, en realidad, se debe de estar carcajeando la jerarquía de la Obra), códigos secretos, enigmas mecánicos, cuestionamiento del dogma religioso, barniz cultureta y las calles de París, postal que siempre da muy bien en la pantalla.

Pues tampoco. En gran parte, por poner al frente del proyecto a un director tan inane como Ron Howard que, algún destello aparte (Desapariciones y Cinderella Man), puede convertir la mejor historia en una película de encefalograma plano. Y ocurre en ésta: las dos horas y media se hacen eternas porque no hay verdadera tensión, la narración carece de ritmo y, cuando se acerca al descubrimiento final, estás harto de pedir la hora, porque hace bastante tiempo que ha dejado de interesarte lo que ves, lo que incluye una de las secuencias peor rodadas y montadas de persecución que uno recuerda (y, si ni siquiera puedes ver una bien hecha secuencia de acción, algo que hasta las más adocenadas películas hollywoodienses son capaces de ofrecer, ¿qué te queda?).

Y ese sopor, esa planicie, se traslada a la interpretación de los actores, muy por debajo de lo que son capaces y han demostrado muchas veces: Tom Hanks, por ejemplo, deambula como si no se enterase muy bien de lo que pasa, y nunca entiendes por qué llega a ponerse en peligro por una desconocida como Sophie; en el caso de Audrey Tatou, no sale de su expresión de permanente mala leche. Jean Reno y Alfred Molina simplemente llegan, fichan y se van, y Paul Bettany se esfuerza con un papel que es el más ridículo de todos porque, aunque se pasa varias escenas intentando transmitirnos el sufrimiento interno del monje asesino Silas, cuando le vemos correr con su imposible hábito, la imagen echa por tierra cualquier esfuerzo interpretativo. Una iluminación plana, que no sabe sacar partido a la noche en que transcurre la mayor parte de la historia, una banda sonora irrelevante a pesar de que tiene coros y todo, etc.

Pero hay algo que, a quien esto escribe, le enerva de manera especial: la absoluta falta de sentido del humor que tiene la película. Los personajes se mueven, hablan, corren, descifran, matan o conspiran, y sus diálogos, su expresión, su forma de moverse, nos dice a cada momento: "¡qué trascendente es esto!" Para entendernos: no es, ni mucho menos, La última tentación de Cristo y su tremenda carga teológica. Al contrario, El código Da Vinci está más cerca de The Body, una peliculita sin tantas pretensiones, que era consciente de lo que era: un producto de simple consumo palomitero.

Por eso, uno hubiese agradecido que el Santo Grial lo buscase Indiana Jones. En busca del arca perdida también era inverosímil y tenía sus momentos en los que un personaje hablaba del Arca de la Alianza, ponía expresión arrebatada y la banda sonora de John Williams disparaba los coros y la trascendencia. Pero luego, a renglón seguido, el protagonista corría, saltaba, sufría y nos regalaba diálogos y situaciones hilarantes, adrenalíticas. No busquen nada de eso en El código Da Vinci: todo lo más, en el personaje de Ian MacKellen. Una vez más, el viejo monstruo de la escena se come a todos, con la simple demostración de que sabe divertirse con sus interpretaciones de personajes de doble fondo, como si fuese un juego que no acabase de creerse del todo pero que le divierte profundamente.

Oye, Stevie, ¿no tienes un hueco en el casting de Indiana Jones IV?

EL CÓDIGO DA VINCI. The Da Vinci Code. EE. UU., 2006. Color, 149 min. Director: Ron Howard. Intérpretes: Tom Hanks, Audrey Tatou, Ian MacKellen, Jean Reno, Alfred Molina, Paul Bettany. Guión: Akiva Goldsman, basado en el libro de Dan Brown. Fotografía: Salvatore Totino. Música: Hans Zimmer. Productores: John Calley, Brain Grazer. Vista en: Cine.