Estos días se está desarrollando el Festival de San Sebastián y, como siempre, todos los medios se han volcado en la cobertura, en un todos a una lleno de elogios y parabienes. El apoyo mediático para el que sigue siendo nuestro certamen cinematográfico más importante está bien pero, como desgraciadamente sucede en demasiadas ocasiones en nuestro país, el coro unánime de elogios apaga cualquier análisis frío; y, si a éste nos atenemos, no podemos ocultar que, por debajo del brillo mediático, hay una realidad preocupante que, año tras año, se confirma: hay nubarrones serios sobre el festival, e ignorarlos no conduce a nada. ¿Los síntomas? Varios, y repetidos desde ediciones anteriores pero, por concretar, me voy a referir a tres, dos de ellos ya evidentes, y uno a la espera de que se confirme (o no) lo sucedido en ocasiones anteriores: - La alargada sombra de Toronto. Por si tener que competir con el resto de certámenes de categoría A (Cannes, Venecia, Berlín) era poco, a San Sebastián le ha crecido en los últimos tiempos un temible rival. El Festival de Toronto se ha terminado convirtiendo en un certamen codiciado por lo que supone de puerta de entrada al mercado americano, y para colmo en fechas muy cercanas a la cita donostiarra. Allí fueron exhibidas ya algunas de las cintas vistas en Donostia: concretamente, Promesas del Este, de David Cronenberg (¿es de verdad digno de un festival de primer orden inaugurar las proyecciones con una cinta ya vista, y para colmo premiada, en la cita con la que te estás jugando el prestigio?) o Fados, de Carlos Saura. Para colmo, la ciudad americana tiene dos bazas a su favor: una parte importante de las películas de Hollywood se filman en Canadá, y para las estrellas (sin cuyo glamour no puede concebirse un festival, guste o no), y por una simple razón de cercanía, es más fácil encontrar un hueco en su agenda para acercarse a promocionar sus películas que en el caso de un viaje transoceánico.
- Premios Donostia (muy poco) indiscutibles. El año pasado, Max von Sydow y Mat Dillon recibieron sendos galardones honoríficos del Festival. La pregunta es evidente: ¿de verdad puede compararse la carrera de uno y otro? Además, uno no podía evitar tener la sensación de que, en realidad Dillon pasó por España más para promocionar su película del momento, Tú, yo y ahora... Dupree (que, por cierto, no reforzaba precisamente la idoneidad del galardón) que para recoger el galardón. ¿Y este año? Pues algo parecido, cambiemos a Von Sydow por Liv Ullman, y a Dillon por Richard Gere, y tenemos casi una historia parecida (valga la referencia de que Tim Burton se llevó el León de Oro de Venecia por su carrera y Arthur Penn el Oso de Oro en Berlín). ¿Es que San Sebastián carece de gancho para nombres de mayor enjundia?
- Escasa relevancia de los galardones. Seamos sinceros: sin el factor industrial, un festival no tiene razón de ser. Y una prueba de su eficacia es que el marchamo que supone sus galardones sirva para abrir puertas y mercados. ¿Es de verdad así? Fijémonos en las conchas de oro de las últimas tres ediciones y veamos cuándo llegaron a las pantallas españoles (las que, por motivos lógicos, deberían ejercer de caja de resonancia de los galardones del Festival): Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi (premiada el 25/9/04, estrenada el 18/3/05, seis meses de retraso); Algo parecido a la felicidad, de Bohdan Sláma (premiada el 24/9/05, estrenada el 8/9/06, ¡un año de retraso!); Media luna, de Bahman Ghobadi (premiada ex aequo el 30/9/06, estrenada el 27/7/07, con diez meses de retraso); Mi hijo, de Martial Fougeron (premiada también el 30/9/06, estrenada el 4/5/07, con ocho meses de retraso). Y si vamos a categorías menores, los plazos se pueden dilatar aún más. En cuanto a la calidad, hay también la sensación de que, al menos en las dos últimas ediciones, los premios mayores les quedaban muy grandes a las cintas escogidas.

En suma, un problema complicado: las citas cinematográficas crecen ahora como hongos y, con ello, los problemas para repartirse un pastel que no es muy grande. Frente al auge de otras citas como las de Gijón o Málaga, que han encontrado su propio nicho a través de la especialización, un festival más generalista como el de San Sebastián debe ser capaz de definir una identidad que, en su caso, se resume en varias tendencias que parecen anularse entre ellas y restarle potencia (glamour, Iberoamérica, España, Europa, nuevos realizadores, cinematografías emergentes...). Lo peor que puede pasar es quedarse en tierra de nadie, y ése es el principal riesgo de un certamen que, por el bien de nuestra cinematografía, y de nuestra cinefilia, debe ser capaz de superar esa sensación de atasco; porque las fotos de Hitchcock paseando por Donostia ya nos las conocemos de memoria, y las últimas páginas del álbum se ven un tanto desangeladas.


































