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21 octubre 2006

POSTALES DEL APOCALIPSIS


El cine ha reflejado muchas veces el fin del mundo en medio de un cataclismo fulgurante e instantáneo (un meteorito, una guerra nuclear definitiva, una invasión extraterrestre...), pero hay una serie de películas que han preferido optar por mostrar a la Humanidad en una lenta agonía, una muerte similar a la del enfermo que se consume entre su propia suciedad, degradándose y descomponiéndose mientras aún está vivo. A esa última categoría pertenece Hijos de los hombres, la película de Alfonso Cuarón.

Como en los grandes clásicos, Cuarón nos ofrece una visión pesimista de un futuro cercano en el que la Humanidad camina hacia su extinción definitiva cuando, a una serie de no explicitadas catástrofes y guerras que han arrasado la mayor parte del mundo civilizado, se les une la plaga definitiva: la infertilidad de las mujeres. Hace 18 años que no ha nacido nadie en el planeta, y la sensación de ir hacia el fin no hace más que exacerbar las tensiones sociales: los extremismos religiosos se disparan (quizá por lo que de bíblico parece tener la maldición), los inmigrantes que llegan a riadas a la Inglaterra relativamente indemne de la catástrofe son confinados y maltratados de una forma claramente inspirada en las imágenes de la época nazi, las calles son un caos en las que grupos terroristas de muy diversa índole se disputan los despojos y todo, absolutamente todo lo que abarca la mirada, está sucio, degradado... la imagen misma de la descomposición: la extinción desemboca en la paranoia extrema, y cada vecino debe vigilar a su vecino.

Hay críticos que reprochan a Cuarón que, partiendo de este material, no haga una crónica completa de los sucesos que han llevado a esa situación, que la mayor parte del tiempo son apenas insinuados; y esas críticas despachan de un plumazo esta extraordinaria película con el argumento de que se trata de otro espectáculo más made in Hollywood, en el que la reflexión se deja de lado en detrimento de la acción y que se contrapone, precisamente, con la visión que ofrecía un clásico como Cuando el destino nos alcance (algo que, inevitablemente, me lleva al carcajeo: ¿es que la película de Fleischer, estupenda por cierto, no era una apuesta muy similar a la que ahora nos ocupa?); unos críticos que, además, cayeron de rodillas ante El tiempo del lobo, de Haneke... en la que ni siquiera se explicaba qué había llevado al apocalipsis.

Es cierto que en el guión de Cuarón hay algunos puntos débiles (¿tiene lógica que una sociedad sin niños, en la que, por tanto, cada vida es aún más valiosa, el Gobierno suministre a sus ciudadanos completos kits de suicidio para facilitarles la salida a la depresión generalizada?), que desconozco si vienen de la novela de P. D. James, que no he leído. Pero a cambio, afronta una apuesta mucho más arriesgada: escenificar el descenso a los infiernos del protagonista, un funcionario con un puesto cómodo y sin complicaciones, un privilegiado del sistema, que acaba dejándolo todo por ayudar a la única mujer embarazada (¡para colmo, inmigrante en una sociedad xenófoba!) y protegerla de un Gobierno criminal y de un poderoso grupo terrorista.

Y lo hace con un poderío visual simplemente apabullante. Utiliza la cámara en mano para mostrarnos un Londres y una Inglaterra futurista que son las actuales pero exacerbadas en su degradación, e integra los efectos especiales, ayudado por una extraordinaria fotografía, de tal manera que la sensación es de hiperrealismo. Y, a partir de ahí, nos metemos en un viaje que no hace más que ir en crescendo, desde la eficaz secuencia inicial hasta el hermoso final, un trayecto punteado por la visión alucinada del Ministerio de las Artes, con las escasas grandes obras salvadas de la debacle de Europa (y en el que nos informan que apenas el Guernica y dos velázquez fueron salvadas de la destrucción de Madrid, o que la Piedad de Miguel Ángel se ha perdido para siempre), un edificio donde la cultura pop y el Renacimiento quedan definitivamente equiparados; la extraordinaria secuencia del ataque en el coche, que deja chiquita a la huida por la autopista de La guerra de los mundos; o toda la parte final en el campo de refugiados, auténtica enciclopedia de momentos de telediario, en los que la confusión ya llega al extremo ante el abigarramiento de personas de religiones, creencias e idiomas diferentes, y en la que la sensación de estar inmersos en la violencia de la batalla es total (¡vedla en un buen cine, con buena pantalla, con buen sonido!).

Así, Cuarón ha firmado una película que podría haber dirigido el mejor Spielberg. Y alguien capaz de hacer algo así y otra maravilla en las antípodas estilísticas como Y tu mamá también es alguien a tener en cuenta, muy en cuenta.

HIJOS DE LOS HOMBRES. Children of Men. Reino Unido, EE. UU., 2006. Color, 114 min. Director: Alfonso Cuarón. Intérpretes: Clive Owen, Julianne Moore, Michael Caine, Chiwetel Ejiofor, Charlie Hunnam, Claire-Hope Ashitey, Danny Huston, Peter Mullan, Oana Pellea. Guión: Alfonso Cuarón, Timothy J. Sexton, David Arata, Mark Fergus y Hawk Ostby, según la novela de P. D. James. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: John Tavener. Producción: Marc Abraham, Eric Newman, Hilary Shor, Iain Smith, Tony Smith. Vista en: Cine.

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