
Leo en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia que en Barcelona existe un bar temático dedicado a Perdidos (no me sale lo de Lost, lo siento, ¡tanto quejarnos de las malas traducciones de los títulos, y para una vez que es respetuosa con el original, lo moderno parece ser llamarla en inglés), y eso me hace volver a plantearme mis dudas con respecto a la serie, de la que me confieso seguidor fiel. Sin embargo, con ella me pasa lo mismo que, salvando las distancias, me ocurrió con la película de Disney Bajo cero: que, mientras una parte de mi cerebro la sigue con fruición y procurando no perderse ripio de su más que intrincado argumento, otra me susurra de vez en cuando al oído: “pero, ¿no ves que todo es un inteligente engañabobos?”. Lo que pasa es que, como casi siempre, a esa parte de las meninges no le hago ni caso. Y si, por alguna extraña casualidad, se lo hago, me quedo sólo con la palabra “inteligente” y desdeño la de “engañabobos”. Al fin y al cabo, si me la tienen que dar con queso, que sea con un producto tan bien hecho y aparente como éste.












