02 noviembre 2008

NADIE ME LO ADVIRTIÓ


Hay una vocación en mí anterior a cualquier otra: la de escribir. O mejor dicho, la de narrar. Recuerdo que gran parte de mis juegos cuando era niño consistía en inventar historias a partir de las series que veíamos por entonces. En sexto, séptimo u octavo de EGB, me inventaba pequeños sketches teatrales (bueno, tal vez ése sería un término quizá excesivo para lo que realmente eran), y pedía permiso a los profesores para que nos dejaran, a mí y a mis amigos, representarlos. Pero sobre todo, recuerdo que empecé a escribir a máquina muy pronto, en una vieja Olivetti Studio 45 azul que hacía que temblase toda la mesa cada vez que le daba a una tecla, pero que me sirvió para parir relatos, novelas (por la extensión más que otra cosa, porque rubor me daría volver a leerlas), incluso una revista que tecleaba doblando los folios y consiguiendo, así, cuatro páginas por cada uno de ellos (y lo más increíble: tras conseguir liar a una prima mía que trabajaba en una tienda de fotocopias para que me las copiase, ¡lograba venderlas!).

Y lo más curioso es que esas tardes y días pasados delante de la máquina de escribir son, quizá, los momentos que recuerdo sentir la intensidad de estar creando algo. Poco importa que, en realidad, no hiciera más que remedar las historias de los libros que por entonces me leía, mayoritariamente de ciencia-ficción... aunque incluso me atreví con un serial sobre la guerra de las Malvinas: al llegar a casa por la tarde, después del colegio, escuchaba las noticias de lo que había sucedido, y con eso escribía un folio que leía a mis compañeros del autobús escolar cada día. No recuerdo nada, más allá de que me inventé a dos soldados argentinos que iban a luchar, ¡yo que no tenía ni idea de cómo era la gente de Argentina! Sólo sé que tenía, por entonces, 11 años, y que no recuerdo cómo terminaba la historia... (aunque, dada mi temprana tendencia hacia el tremendismo, estoy convencido de que nada bien para mis pobres protagonistas).

Luego pasaron los años, y ese entusiasmo inicial se fue diluyendo, o encontrando otros destinos. Muy tarde, apareció el cine, y desde entonces prácticamente lo que he escrito versa sobre él. He pasado a escribir sobre las historias que otros imaginan, y no sé muy bien si eso es un paso adelante o un paso atrás. De vez en cuando surgen esfuerzos que no salen del cajón, porque he ido perdiendo confianza en mi capacidad para trazar falsas historias verdaderas (o verdaderas falsas historias); o quizá es que, simplemente, la edad me ha ido haciendo más escéptico, o que tal vez me he dado cuenta de que, en demasiadas ocasiones, la realidad supera a la ficción. O que ya apenas lloro ante una página de un libro, mientras permanezco con la capacidad intacta de emocionarme ante lo que veo en una pantalla... No lo sé; mentiría si dijera que he dedicado mucho tiempo a buscar una respuesta. Una vez le leí a alguien, no recuerdo bien a quién, que si puedes vivir sin escribir es que no eres un verdadero escritor... Quizá sea así: me conformo con vivir. Pero no descarto que, algún día, vuelva a recorrerme la emoción que llegué a sentir cuando fui capaz de dar vida a algo que, en realidad, nunca había ocurrido...

Pero al menos me queda la pequeña satisfacción de haber escrito algo que merece la pena: un relato corto, Nadie nos advirtió, que mi admirado editor Constantino Bértolo consideró lo suficientemente bueno como para merecer figurar en la antología Trece por docena, que apareció en su editorial Caballo de Troya hace tres años, un volumen que agrupaba a un puñado de jóvenes escritores en todas las lenguas del Estado. Un relato que escribí casi de una sentada (bueno, mejor dicho, de dos), en una circunstancia muy especial, y que apenas retoqué después... Una historia que, además, viene que ni pintada en este fin de semana dedicado a los muertos. Si os apetece, os animo a leerlo aquí; no exagero si digo que si, al final, esto es lo único que termina viendo la luz en forma de libro, no podré decir que mi tiempo haya sido un desperdicio total... (o al menos, dejadme que lo sienta así) Espero que os guste. Y gracias adelantadas por vuestra paciencia.


Descargar Nadie nos advirtió
(PDF)


P. S.: Acabo de enterarme que van a incluir mi relato en una antología que Renfe va a grabar para los canales de audio de sus trenes... ¡No sabéis la ilusión que me hace!









Y hablando de cine...





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25 comentarios:

María. dijo...

Lo cierto es que no podría decirte, tus críticas son tan buenas como tus relatos (bueno, al menos, el que he leído).
Si por mí fuera, te diría que continuaras escribiendo ficción pues si en lugar de un relato, hubieses colgado ocho, me los hubiese leído de una sentada.
Pero bueno, tan sólo es una opinión de lectora. Lo importante es lo que tú quieras escribir.
¡Un saludo!

Drea dijo...

Vaya, qué parecidos somos. Tú fíjate que yo también hacía esas revistas a máquina, y las vendía y tal jajaja y aquí estamos, sin duda es obsesión por transmitir. Pues sigue, y preséntante a concursos y cosas así, anímate.

Cèlia dijo...

Moltes felicitats per la bona notícia de Renfe! Quan vagi en tren buscaré a l'àudio el teu relat! Això dóna ànims, oi? I vaig seguint els teus consells sobre cinema, molt interessants!

Faraonika dijo...

Una cajita de sorpresas eres.
Me alegro un montón de lo de Renfe, a ver si esto te da un empujoncito y recuperas el gusanillo de crear historias propias.
Aún así, yo me conformo con las estupendas críticas de cada semana.
Un beso!!

M dijo...

De lo que se entera uno, con sorpresa y alegría (no me imaginaba yo que el tipo de un blog de cine que visito a menudo estuviera en algo de Caballo). Luego lo leo.

No te obceques con sentencias de ese tipo. Richard Ford, que está entre los más grandes, dice que puede pasar largas temporadas sin la necesidad de escribir. El romanticismo sobre los escritores siempre me ha aburrido de lo lindo. Es como una salida fácil para algo que tiene mucho de ensoñación, inconstancia, deseo y miedo. Y también de tristeza y de deriva en un mundo donde casi todo está reglamentado hacia la utilidad: hayqueteneruntrabajoyunacasayunafamiliaypagarimpuestos.

Ya me entiendes.

Ánimo para volver a escribir. Seguramente sólo sea un porvenir dormido.

Tha dijo...

¡Adelante y no lo dejes!, lectores tienes jejeje, lo de escribir es un virus incurable y eso... si se cura... malo, malo...
Un beso

Anónimo dijo...

Alberto Q.
www.lacoctelera.com/traslaspuertas

Sr. Rosenrod (Miguel Ángel): Muchas felicidades por la inclusión de su relato en la selección de RENFE (seguro que llegará a bastante gente).

No lo he leído aún pero lo haré cuando tenga el cerebro despejado (acabo de regresar de viaje y estoy OFF...).

Saludos!

Sensai dijo...

Me ha gustado mucho conocer esta afición tuya por escribir, por crear, que ya a los 11 años despuntaba.

No seas tan modesto, eres muy bueno. Aunque sea en el blog, regálanos algún relato de los tuyos.

Un abrazo.

Milgrom dijo...

Pues nada, enhorabuena. Y, si tienes aún el gusanillo de la escritura, no lo dudes y sigue.

Un saludo

Lucinda dijo...

Nunca abandones ese don...

Me lo bajaré para leerlo cuando tenga tiempo, ¡estoy impaciente!

¡Besos!

Rosenrod dijo...

¡Madre mía! Me habéis abrumado... Un millón de gracias a todos. Y sí, me siento orgulloso de pertenecer a los Caballeros Troyanos, aunque sólo sea con la décima parte de una pezuña. Un consejo: si queréis leer buenos libros y conocer voces que se salen de lo habitual, confiar en el criterio que utiliza Bértolo en su editorial. No suele fallar (y que conste que no lo digo, precisamente, por mí).

Abrazos, besos, ¡de todo! :)

Milagros Sánchez dijo...

¡Qué grata sorpresa me he llevado al descubrir tus devaneos literarios! Te animo a seguir intentándolo sin dejarte llevar por esa autocrítica a la que solemos ser muy propensos l@s que sentimos ese gusanillo desde nuestra infancia y te lo digo en confianza y con respeto a que hagas lo que quieras después de leerme, pero insisto no seas demsiado duro contigo mismo y suéltate la melena...ja,ja,ja
Espero poder tener un rato de tranquilidad aunque sea cuando tenga las vacaciones y me pongo a leer de un tirón tu relato "Nadie nos advirtió" ¡enhorabuena por esta publicación en Renfe!
Te mandamos besos multicolores!!!

Liz dijo...

creo que, aprevechando que ahora teclear no hace temblar la mesa, podrías retomar ese entusiasmo y volver a crear historias para los que aún nos emocionamos pasando páginas.
Me ha gustado la que he leído, enhorabuena por la publicación!

Saludos!

videodromo dijo...

Me encanta haberme reencontrado con usted mi estimado Rosenrod. A mi me gustó, es buena, sin más, es un film de corte absolutamente clásico, y ya sabe usted, en la moda, en la música y en el diseño, lo clásico siempre triunfa, es raro que defraude. Pero claro si buscamos uan película en la que queremos ver como dos trenes chocan y no el spasa nada, o explosionan en plan hongo nuclear, pues como que no es la película ideal.

Jesús M. Tibau dijo...

Pues creo que deberías hacer un pequeño esfuerzo para recuperar el hábito de escribir. Al principio cuesta más, pero poco a poco fluyen más facilmente las palabras y el grada de satisfacción aumenta.

Lara dijo...

Ainsss... Transsiberian tengo unas ganitas de verla ;)
Besos y felicidades.

Vargtimen dijo...

Hombre, qué sorpresa. Un relato de Rosenrod. Pues a leerlo se ha dicho.

Le tengo ganas a la nueva de Herzog. Desde "Grizzly Man" me tiene a sus pies.

Rosenrod dijo...

¡Qué buenos son los reencuentros y volver a leer a los que se pasan por aquí después de tanto tiempo...! :)

Un saludo!

Crunch dijo...

¡¡No puedo bajar tu relato!! me da un error, ¿me lo mandarías al mail?

saludos.

ellen dijo...

Yo tuve la suerte de oir tu relate en un AVE de Renfe, hará un año y pico; normalmente no escucho la radio, pero no sé, la puse, y lo oí. Y me quedé de piedra. Me encantó el relato. Me hizo llorar. He llegado a esta página buscándolo porque necesitaba volver a leerlo, a recordar la sensación que tuve cuando lo oí. Y he vuelto a soltar unas lágrimas. Me encanta, enhorabuena por tu trabajo, de verdad.

Rosenrod dijo...

ellen,
muchísimas gracias, de verdad. Es algo maravilloso comprobar que, tanto tiempo después, algo que salió de tan hondo sigue despertando cosas en la gente, y sobre todo entre los que se lo encuentran por casualidad...
Es un regalo muy bonito el que me has hecho. Te lo agradezco de corazón :)

Ana dijo...

En diciembre hará un año que tengo que viajar desde Sevilla hasta Madrid cada dos meses, por cuestiones de trabajo. Varias veces a lo largo de este año he escuchado este relato tuyo, y siempre me ha producido el mismo efecto: lágrimas y lágrimas que he tratado de disimular mirando por la ventanilla. En una ocasión el vecino de asiento sacó de su bolsillo un paquete de clínex y me lo puso en la mano, con mirada comprensiva. Entonces yo seguí llorando en silencio, sintiéndome avergonzada. Por una parte, por mi cara hinchada y enrojecida y, por otra, porque “yo no tenía derecho a llorar, yo era feliz, nunca se me había muerto un ser querido, la vida me sonreía, si acaso vivía demasiado centrada en mi trabajo y prestaba poca atención a mi familiar, pero ya tendría tiempo…”. Más o menos todo esto es lo que yo pensaba en esos momentos. Al llegar a Sevilla, mientras iba subiendo lentamente por la rampa que conduce al vestíbulo de la estación de Santa Justa, sacaba un espejito del bolso y trataba de borrar de mi rostro cualquier huella de tristeza que pudiera preocupar a mi padre. En lo alto de la rampa siempre estaba él, esperándome con una sonrisa y alguna broma. Él cogía mi maleta, y yo me colgaba de su brazo riendo, y le contaba lo bien que me había ido en Madrid. Nunca le comenté nada de tu relato. Ni de la tristeza que me provocaba. Quizás por temor a que esta viniera a empañar la alegría del reencuentro. Quién sabe si por alguna otra extraña razón que yo ya intuía.
Esta tarde, al subir al tren en Atocha, de repente me he acordado de tu relato. Sentía una necesidad casi enfermiza de escucharlo de nuevo. Durante el viaje, he estado oyendo los distintos cuentos grabados por Renfe. Siempre disfruto mucho con ellos, ya que pienso que algunos son realmente buenos. Sin embargo, esta vez no veía el momento de escuchar el tuyo. Casi al final del trayecto, traté de localizarlo en Internet con el móvil. Pero era inútil, porque no conseguía recordar ni el título ni el nombre de su autor. De repente, cuando el tren comenzaba a entrar en la estación, anunciaron el título de tu relato. Un poco más tarde, a pesar de ser consciente de que mi vagón se encontraba ya desierto, continué sentada en mi asiento. Esta vez sí dejé que mis lágrimas fluyeran con total libertad. Quizás porque me encontraba sola. Quizás porque ahora sí que tenía razones para llorar. No obstante, esta vez no pude escuchar tu relato completamente, ya que una azafata se dirigió hacia a mí muy enfadada porque aún no había descendido del tren. Pero yo no tenía prisa. Esta vez, en la rampa, no tuve necesidad de sacar ningún espejito, porque nadie me esperaba en lo alto. No tenía necesidad de fingir. Mientras subía en la rampa, varias veces cerré los ojos, deseando que al abrirlos sucediera lo mismo que en tu cuento. Una y otra vez los cerré, y deseé con todas mis fuerzas que se produjera el milagro. Pero no sucedió. Poco después, cuando el taxista paró en frente de mi casa, me di cuenta de que durante todo el trayecto no había dejado de recitar la misma oración: huevosfritosconchorizo, espinacascongarbanzos, pavíasdebacalao, chipironesensutinta, membrillo, pestiños y pasteldebatata. Mientras abría la puerta, seguí convocando sus platos preferidos, pero fue en vano, porque me encontré con una casa desierta. Hace un rato, me he sentado delante del ordenador, y he buscado en Internet tu relato, porque sentía la necesidad de escucharlo de nuevo. Ahora, que he podido asimilar cada palabra en la soledad de mi habitación, me siento mucho mejor. Por eso quería escribir este comentario. Para darte las gracias porque, sin saberlo, sin conocerme (y ese es el milagro de la literatura), tú sí que me lo advertiste, Miguel. Me lo advertiste. Pero no solo eso. Ahora me has dado un motivo para soñar que todo podría suceder tal y como tú lo describes. Quién sabe. Quizás… Quizás en el reino de los sueños… Muchas gracias.

Miguel A Delgado dijo...

Ana... ¿Qué decirte? Sólo que me has emocionado enormemente, y me gustaría poder contestarte con detalle. Pero si no te importa, me gustaría poder hacerlo por correo. Para evitar ponerlo aquí, si no te importa, ¿podrías visitar mi web, www.rosenrod.es? (me temo que tengo abandonado este blog desde hace mucho tiempo) Allí hay un formulario de contacto. Sólo envíame a través de ahí tu dirección de correo y te escribo.
Y gracias por este regalo y por decirme que algo que hice una vez sigue teniendo sentido...
Un beso muy fuerte,
Miguel

Victoria Aguero dijo...

¡¡¡Pero qué alegría inmensa en encontrar una oportunidad de contactarlo en este blog!!!
Hace tantos meses que estoy buscando y buscando… y encontrar este blog y los comentarios de sus lectores en él, no me han hecho más que confirmar algo que sospeché desde que entre en contacto con usted a través de “Nadie nos advirtió”: hay algo especial en este escrito. Usted ha logrado tocar las fibras más íntimas del alma.
Quisiera contarle mi experiencia. Antes que nada me presento: soy Victoria, de Argentina. En julio de 2014, después de dos meses de trabajo en España (en una estadía especial que realicé por aquel entonces), me tomé unos 10 días de vacaciones que disfruté junto con mi madre que viajó especialmente desde Argentina. En uno de los traslados desde Valencia a Barcelona, en un tren de Renfe, después de algunas horas de charlas con mi madre, lectura y buena música, me decidí a jugar con los audífonos y los canales de audio del servicio del tren, aburrida, hasta que me encontré con una voz y un relato absolutamente atrapantes. Ya le digo, en principio fue la dulce voz con ese acento que tanto nos gusta a los argentinos, o al menos a mí, que suena como música a nuestros oídos, pero luego fue el relato. Se trataba de su cuento “Nadie nos advirtió”. Me sentí completamente perturbada al escuchar. Lo que usted ha relatado describe casi a la perfección un sueño recurrente que tengo desde hace unos años, luego del fallecimiento de una de mis hermanas. El avance del relato, me fue sumiendo en un profundo sentir. Usted ha puesto en palabras aquella sensación que tengo al despertar de esos sueños, esa mezcla de felicidad y angustia de encontrarse con quienes ya han partido y tan profunda huella han dejado en nosotros. Felicidad de verlos otra vez, de sentir que esa enfermedad no está más, desapareció, fue superada. Angustia de pensar cómo encajan ahora en nuestras vidas, cómo es que nos fuimos acomodando a seguir, cómo pudimos hacerlo siendo ellos tan imprescindibles (y ahora al verlos de nuevo caemos en la cuenta de ello!), angustia de despertar y saber que no están, que lo definitivo y absoluto de su ausencia sigue siendo definitivo y absoluto. De más está decir, que a mí también me brotaron las lágrimas incontenibles. Y en mi caso, he tenido la incomodidad de disimularlas ante los ojos de mi madre porque quien más que ella podría sentir semejante angustia ante la pérdida?. Al terminar el relato, anunciaron su título y el nombre del autor, que me quedaron grabados a fuego en la memoria y me prometí buscarlo y buscar su cuento al llegar a Argentina. Y así ha sido. No soy muy tecnológica, y me ha costado mucho esta misión. Pero un amigo me ha localizado el cuento. Volví a leerlo una y mil veces. Y no hay ocasión en que no se me quiebre la voz, en que no me duela la angustia como un nudo áspero en la garganta. Su cuento es maravilloso.
Recientemente me propuse buscar aquella voz, la versión que escuché en Renfe hace un año, que me encantaría volver a escuchar. Y es así es que encontré este blog suyo. Y leo otras experiencias, especialmente las que relatan Ellen y Ana en las que me he sentido tan pero tan identificada. Lo suyo en este cuento ha sido sublime, supremo y por ello quiero felicitarlo, aunque no soy más que una simple lectora (y oyente) que quedó absolutamente maravillada con su obra.

Miguel A Delgado dijo...

Muchísimas gracias, Victoria. Sólo decirte que la emoción me la has transferido a mí... Que algo que uno escribió hace tanto tiempo siga vivo y siga comunicando, es lo máximo que un escritor podría sentir...

En cuanto a lo que comentas del audio, visita mi web, www.rosenrod.es. Allí encontrarás un formulario donde puedes escribirme, y veremos lo que podemos hacer ;)

Un abrazo muy fuerte,

Miguel