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09 noviembre 2007

HA NACIDO UNA ESTRELLA





La excesiva, desequilibrada y sin embargo hermosa El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik, será recordada por los cinéfilos no sólo por contener algunos instantes para fijar en la memoria (aunque su eficacia pierda pegada por el desmesurado metraje); sino, sobre todo, por significar, junto a Adiós pequeña, adiós, la constatación de un descubrimiento: el prodigioso Casey Affleck.

[+] Mi crítica de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford en LaButaca.net

[+] EL ASESINATO DE JESSE JAMES POR EL COBARDE ROBERT FORD o cocina a fuego lento, en The Alchemist

[+] En el Blogdelabutaca.net: Philip Glass, o la plantilla que se repite; Ron Howard, quita tus manos de "Caché (Escondido)"; Orson Welles vs. Woody Allen, y "Elizabeth: La Edad de Oro", o los cultos también tienen derecho a secuelas

08 diciembre 2006

TAMBIÉN LOS PEORES QUIEREN SER NIÑOS


Si para muchos Grupo salvaje es la obra mayor de Sam Peckinpah es entre, otras cosas, porque en ella queda fijada, como en ninguna, su concepción de la violencia, que en sus películas aparecía reflejada con una contundencia para la que muchos, en aquellos años, no estaban preparados.

Se le suele incluir en la lista de directores que contribuyeron a desmitificar uno de los escasos géneros verdadera y originalmente cinematográficos; la paradoja es que, mientras iba echando paletadas sobre el western, muchos de aquellos montones de tierra llamados a finiquitarlo guardaban en su interior auténticas maravillas. En cierto modo, puede decirse que asistimos a un entierro que dura ya varias décadas y en el que, esporádicamente, aparecen nuevos oficiantes que no terminan de convertirlo en pasado.

Sin embargo, el mismo año que Sergio Leone dinamitaba la imagen de buen americano de Henry Fonda convirtiéndole en un asesino capaz de matar a un niño en Hasta que llegó su hora, Peckinpah iba más allá y, en los pliegues de su crepuscular relato sobre los últimos días de una banda de forajidos, arrojaba una mirada aún más escéptica y venía a decir que no hay solución para la violencia, porque ésta es innata y forma parte de la misma naturaleza humana.

Y para demostrarlo, nada mejor que tomar como ejemplo a los niños. No es casual que en los créditos de apertura cobren el mismo relieve la banda capitaneada por Pike (William Holden) mientras entra en un pueblo para robar el dinero del ferrocarril, y un grupo de críos que ríen divertidos mientras arrojan a dos escorpiones a un montón de hormigas para que se los coman mientras ellos se retuercen, en un adelanto simbólico de lo que ocurrirá al final de la película (estas escenas de crueldad animal de Peckinpah, como la del tiro al blanco sobre las gallinas semienterradas de Pat Garrett y Billy The Kid, serían, hoy en día, prácticamente imposibles de rodar).

Pero no será éste el único momento en el que los niños ejerzan ese papel: al final de la primera carnicería, un grupo de chiquillos irrumpirá en la calle sembrada de cadáveres mientras ríen y juegan gritando "¡bang, bang!"; los soldados que morirán de forma estúpida en el tiroteo del puente apenas son poco más que adolescentes, el mismo Pike recibirá el último tiro a manos de un niño armado hasta los dientes... Como dice un anciano mexicano en un momento del film: "A todos nos gustaría volver a ser niños, incluso a los peores. Y éstos, quizá más que nadie".

Unos niños que simbolizan, en el ideario de Peckinpah, el nuevo mundo que irrumpe y que borrará al viejo Oeste sin civilizar, un entorno salvaje, cruel, pero con una ética (muy particular, pero ética al fin) cantada por los maestros encabezados por John Ford. Un mundo que ya no existe, por lo que a los héroes peckinpahianos sólo les queda morir y desaparecer. En su lugar crecerán los cachorros despiadados que traerán los coches que desplazarán a los caballos, las ametralladoras que aniquilarán indiscriminadamente (en todas las secuencias en las que aparece, veremos cómo bajo sus balas cae la gente sin distinción, incluso los del mismo bando), o los políticos y militares que llamarán a guerras y revoluciones sólo para satisfacer su personal ansia de poder, y en las que el amigo de la mañana puede ser el enemigo de la tarde.

Ése es el mundo cuyo origen retrata Peckinpah, y de eso es de lo que nos habla Grupo salvaje: de cómo empezamos a ser como somos. Y, casi cuarenta años después, sus imágenes, y su demoledor final, nos siguen interpelando.

GRUPO SALVAJE. The Wild Bunch. EE. UU., 1969. Color, 134/145 (versión Director's Cut de 1995) min. Director: Sam Peckinpah. Guión: Walon Green, Roy N. Sickner, Sam Peckinpah. Intérpretes: William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan, Edmond O'Brien, Warren Oates, Jaime Sánchez, Ben Johnson, Emilio Fernández. Fotografía: Lucien Ballard. Montaje: Lou Lombardo. Música: Jerry Fielding. Producción: Phil Feldman. Vista en: DVD (Warner).

[+] La ley es una cosa muy curiosa
[+] Lo que pudo haber sido y no fue

27 octubre 2006

UN ACTO DE AMOR


La mayor historia de amor de la temporada pasada entre cowboys no fue, contra todo pronóstico, Brokeback Mountain, sino la opera prima de Tommy Lee Jones, la extraordinaria Los tres entierros de Melquiades Estrada, un guión surgido de la hirviente cabeza de Guillermo Arriaga y que nos narra uno de los más impresionantes, irracionales y entregados actos de amor que hayamos visto en cine en los últimos años.

Claro que, como en toda gran obra, el viaje que emprende el personaje de Jones, Pete, para enterrar en en su pueblo de origen el cuerpo de su amigo Melquiades, es el crisol a través del que toma forma el mito de la frontera entre Estados Unidos y México, una barrera que en la película se revela inexistente en la práctica: no hay ningún cambio en el imponente paisaje, y la permeabilización es tal que, si no fuera por los comentarios de los personajes con los que se van encontrando, y la diferencia entre el modo de vida (basta comparar la vida en el pueblo texano, con los individuos viviendo de manera aislada y encontrándose sólo puntualmente en la cafetería, y el mexicano, donde cada instante, sea de trabajo o de ocio, es una ocasión para la relación entre los vecinos, que viven en verdadera comunidad), parecerían el mismo territorio.

Este viaje, que por momentos parece extraído del mundo retratado hace ya tanto tiempo por Juan Rulfo, es iniciático tanto para Pete como para el asesino de Melquiades, Mike (una nueva demostración del gran actor que es Barry Pepper). Por un lado, Pete romperá definitivamente con una vida rutinaria, sin raíces y solitaria, y lo hará a través del sacrificio extremo que supone dejar todo lo que ha conocido (su trabajo en el rancho, sus amores ocasionales...); por el otro, Mike irá transformándose simbólicamente en Melquiades, de tal modo que, al final, será capaz de convertir en real lo que en verdad no era más que la fantasía de que, en algún lugar, al mexicano le estaba esperando una vida plena.

No hay besos, no hay abrazos, ni siquiera hay intensas conversaciones entre Pete y Melquiades, dos hombres que pasan las horas llevando el ganado, en un mundo en el que los diálogos se desarrollan con los interlocutores mirando al suelo, utilizando las palabras justas, y donde nadie llora, o ríe, o expresa demasiado alto sentimiento alguno, donde la mayor demostración de cariño puede ser que tu amigo te regale el estupendo caballo que monta (y que, simbólicamente, volverá a cambiar de dueño al final de la película). Y, sin embargo, uno de estos hombres, que Tommy Lee Jones logra llenar de expresividad a pesar de ser un verdadero tipo duro, será capaz de hacer realidad el mayor de los sacrificios: convertir en real lo que fue tan sólo un sueño de su amigo Melquiades, aún al precio de renunciar él mismo a todo lo que ha sido.

Y es este acto de amor supremo lo que dota de alma a esta película, una de las más hermosas que nos ha sido dado ver en mucho tiempo, que nos habla también de la frustración, de la muerte en vida, de la necesidad del otro, de unas mujeres formidables... en definitiva, de la forma en como sólo lo consiguen las verdaderas obras de arte, nos está hablando de nosotros.

LOS TRES ENTIERROS DE MELQUIADES ESTRADA. The Three Burials of Melquiades Estrada. EE. UU., Francia, 2005. Color, 121 min. Director: Tommy Lee Jones. Intérpretes: Tommy Lee Jones, Barry Pepper, Julio Cedillo, Melissa Leo, January Jones, Dwight Yoakam. Guión: Guillermo Arriaga. Fotografía: Chris Menges. Música: Marco Beltrami. Producción: Luc Besson, Michael Fitzgerald, Tommy Lee Jones, Pierre-Ange Le Pogam. Vista en: Cine y DVD (Cameo).

05 julio 2006

LA LEY ES UNA COSA MUY CURIOSA


En El hombre que mató a Liberty Valance, John Ford nos hizo la crónica épica del enfrentamiento final entre el Oeste de los pioneros, en el que la fuerza y el revólver eran las únicas maneras de sobrevivir, y el empuje de una civilización que pretendía instaurar el imperio de la ley en unas tierras que ya no querían ser salvajes, conceptos que tenían su encarnación en dos actores-fetiche como John Wayne y James Stewart. En el relato de los hechos según san Ford, triunfaba el segundo, sí, pero uno se quedaba con la sensación de que, si no hubiese sido por la inmolación del primero, el Oeste nunca habría sido tocado por la mano mágica del progreso. Así, el director del parche en el ojo (no confundir con el no menos grande Fritz Lang) nos vino a decir que tan agradecido había que estar a los rudos muchachos que hicieron el trabajo sucio de limpiar el territorio de indios y demás peligros e incordios, como a los sheriffs, abogados, banqueros, empresarios del ferrocarril y demás emprendedores que vinieron después.

Eso decía Ford ya cerca del final de la Época Dorada del western. Una idea, en el fondo, demasiado bonita para un francotirador como Sam Peckinpah que, en Pat Garrett y Billy the Kid, nos contó una historia bastante diferente. Y para ello, nada mejor que fijarse en el relato mítico de la captura y ejecución del más legendario forajido del Oeste a manos de quien había sido, durante muchos años, su compañero de tiroteos, robos de ganado, juergas y asesinatos por la espalda, Pat Garrett. Sólo que este último, en un momento dado, se había planteado la pregunta que toda persona madura (dicen que) debe hacerse: ¿tiene futuro esta vida? ¿No aspiro en el fondo a una casa, una esposa, un terreno y, sobre todo, un lugar en la comunidad?

A partir de ese conflicto levanta el director de Grupo salvaje una película cuya fuerza ha sido recuperada en su totalidad por el montaje definitivo, presentado el año pasado y ahora disponible en DVD, un film sin el que resulta imposible comprender los derroteros que el género ha seguido en los últimos años y que tiene en Clint Eastwood el último (y casi nos tememos que definitivo) eslabón: Sin perdón no sería más que la estación termini, a la que no habría llegado si el clarividente guardagujas Peckinpah no hubiera desviado al viejo tren de su trayectoria.

El bueno de Sam lo tenía claro: el enfrentamiento último entre Pat Garrett y Billy the Kid radica en el intento del primero por encontrar un hueco en un estado que se va organizando y en el que ya campan a sus anchas ganaderos y terratenientes especuladores que defienden sus negocios en aras del bien común (¿de qué me suena a mí eso?), y la imposibilidad del segundo de cambiar de vida, más cuando ve que ese supuesto impulso civilizatorio sólo deriva en abusos, explotación y asesinato de los paupérrimos campesinos de origen mexicano.

Lo curioso y más llamativo es que, para trazar sus retratos, Peckinpah no ahorra los rasgos más desagradables del que, en el fondo, es su héroe: Billy no tiene empacho en matar por la espalda, en hacer trampas en los duelos, en robar ni hacer cualquier cosa que le suponga una ventaja. Pero es que su perseguidor en el nombre de la ley no le va a la zaga: para conseguir detenerle, contratará a matones y ladrones de ganado que se ven rehabilitados por llevar una estrella en la pechera y golpeará a prostitutas para que le digan dónde se esconde el forajido antes de correrse una juerga con cinco de ellas (y que o bien no paga, o bien carga a los gastos de viaje acordes a su cargo, no nos queda muy claro). No es extraño, entonces, que Billy (un pletórico Kris Kristofferson) pronuncie una de las frases más lúcidas de la película cuando dice que "la Ley es una cosa muy curiosa".

Pero, como mandan los cánones del género, y aunque Pat Garrett (con los rasgos del inmenso James Coburn) logre su objetivo, no habrá nada heroico en ello. Como en el brillante prólogo nos informan, pocos años más tarde él mismo caerá asesinado de forma violenta; de nada le habrá servido soportar un matrimonio en el que no cree, haber obtenido una respetabilidad que le repele o ser un pilar de la comunidad. Como demuestra el plano final, en el que se aleja a caballo hacia el amanecer mientras un niño le tira piedras, su destino va unido al del joven Kid, y su estrella se apaga en el justo instante en el que mata a su amigo.

Hasta llegar a ese plano (en el que curiosamente Billy es el único personaje que muere sin una sola gota de sangre), Peckinpah nos ha demostrado por qué era un verdadero poeta, y por qué se merece ser reinvidicado por todos aquellos que ven en Tarantino el culmen de la violencia al servicio del arte. Y puestos a elegir una escena, quedémonos con el viejo que ayuda a Garrett, recibe un balazo casi por azar, y se acerca a sentarse a morir ante el río junto al que ha vivido, mientras el sol se pone y los acordes de Knockin' on Heaven's Door llenan la imagen de una serenidad y una melancolía insuperables. Pocas bandas sonoras como la de Dylan han sido tan ajustadas a lo que las imágenes nos muestran.

Y sí, sí, sale Bob Dylan en pantalla, es verdad, no se me ha olvidado. Pero lo cierto es que lo de cantar se le da mejor.

Postdata:
"Lo cerrado es el primer siglo del cine: estamos en el umbral de una nueva era. Todo está en trance de cambio, y a mí me causa gran inquietud: el cine fue el gran arte popular. Ahora nos acogen los museos, pero veo esto con sentimiento de pérdida. Tengo nostalgia de aquel cine popular pero inteligente." Víctor Erice (El Mundo, 5/VII/2006)

PAT GARRETT Y BILLY THE KID. Pat Garrett and Billy the Kid. EE. UU., 1973. Color, 115 min. Director: Sam Peckinpah. Intérpretes: James Coburn, Kris Kristofferson, Bob Dylan, Jason Robards, Katy Jurado. Guión: Rudy Wurlitzer. Fotografía: John Coquillon. Música: Bob Dylan. Productor: Gordon Carrollo. Vista en: DVD (Warner).

[+] Lo que pudo haber sido y no fue