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07 junio 2007

EN EL INTERIOR DE UNA PLANTA CARNÍVORA



Una de las mejores noticias que nos llegaron de Cannes fue la recuperación para la causa de los Coen. Si hemos de creer lo que los cronistas y enviados nos han contado, No Country for Old Men nos devolverá a los dos hermanos en ple
na forma (¡qué pena que aquí tengamos que esperar hasta el 28 de marzo del 2008 para deleitarnos!). Y ya era hora, porque hace ya más de diez años que firmaron la última de sus dos obras realmente maestras, Fargo.

Pero antes, en 1991, los Coen habían facturado la que es, probablemente, su obra más compleja y ambiciosa (y, tal vez por ello, la más simbólica y difícil de penetrar), y en la que su poderío como cineastas se despliega de manera más apabullante. Barton Fink logró el raro privilegio de hacerse con la Palma de Oro en el Festival de Cannes por unanimidad del jurado, y Joel Coen y John Turturro recibieron sendos galardones a mejor director y actor. En los Oscar no mojaron, pero se llevaron tres nominaciones, entre ellas a Mejor Secundario para Michael Lerner, el genial y alucinado director del estudio que contrata al protagonista.



Como ocurre con todas las obras maestras, Barton Fink va más allá del relato que justifica la película, el de un prestigioso autor teatral de éxito que es contratado por un gran estudio de Hollywood para escribir guiones para un particular género cinematográfico, las películas de lucha libre. Y va más allá porque en su interior, y como en unas cajas chinas, contiene una serie de refle
xiones e iluminaciones sobre el papel del arte y el artista, la fuente de la creación y la descripción de cómo una capa de anodina mediocridad va cubriendo al lleno de ínfulas y pagado de sí mismo autor, que ve consumirse su talento en el interior de un hotel que parece sudar, respirar e incluso digerir (el papel de las paredes de la habitación de Barton se despega, recubiertos como están por una cola pegajosa y poco efectiva, y resulta inevitable ver la estancia como si fuera el interior de una planta carnívora, y al escritor que lucha por sacar adelante un guión que se le resiste, a un insecto atrapado al que la lenta digestión de la planta-habitación va chupándole toda su vitalidad, su creatividad).

Sólo un ejemplo, una imagen brillante y deslumbradora de una película que fluye con la calma y elegancia marca de la casa cuando los Coen se miran en la forma (
que no en el fondo) del cine clásico. El año anterior habían firmado Muerte entre las flores, su particular mixtura del cine negro clásico con las miradas posteriores al mundo de la mafia, el cómic y hasta el cine de terror, y aunque en lo formal Barton Fink podría parecer una continuación de su apuesta estética, en realidad su intención es otra muy distinta. Y ahí es donde la película se vuelve verdaderamente grande.


En un metraje que parece iniciarse bajo el clasicismo, nos aguardan sorpresas: incursiones más cercanas al cine de Lynch que al esperable en una película ambientada en el Hollywood de los cuarenta, escenas enigmáticas (por no hablar del discutido segmento final del hotel), una atención al detalle y el ritmo que levantan escenarios que son más símbolos que lugares reales y una inquietante, bellísima y contenida banda sonora del casi siempre inspirado Carter Burwell... Barton Fink es un auténtico banquete para el cinéfilo, una obra que sólo puede ser creada desde un estado de gracia total. Esperemos que, por fin, nuestros hermanos cineastas favoritos vuelvan por sus fueros. Si efectivamente es así, nos encontraremos ante una de las noticias más grandes para los cinéfilos de los últimos años.



Barton Fink
EE. UU.-Reino Unido, 1991 116 min.

Escrita y dirigida por Joel Coen y Ethan Coen (no acreditado como director)
Interpretada po
r John Turturro, John Goodman, Judy Davis, Michael Lerner, John Mahoney, Tony Shalhoub, Jon Polito, Steve Bucemi
Música de Carter
Burwell
Montaje de Joel y Eth
an Coen (firmando como Roderick Jaynes)
Fotografía de Roger
Deakins
Producida por Ethan Coen y Graham Place



21 mayo 2007

EL QUE SE CONSAGRA Y EL QUE DECLINA



Definitivamente, David Fincher ha entrado en la lista de los grandes firmando con Zodiac algo que, si no es una obra maestra, se le parece mucho. En cambio, el antiguo pope del indie, Tom DiCillo, nos presenta con Delirious una mediocre cinta que, sinceramente, hubieran podido protagonizar Ben Stiller o Hugh Grant o Cameron Diaz y a nadie habría extrañado (¡y luego preguntarán que por qué San Sebastián está devaluado!)

[+] Mi crítica de Zodiac en La Butaca.net
[+] Mi crítica de Delirious en LaButaca.net

[+] Atrapados en un rompecabezas, en Silencio, se rueda
[+] Crítica: "Zodiac", en Cineahora
[+] Zodiac (David Fincher, 2007), en Tierras de cinefagia

[+] Zodiac y el cine, el cine y Zodiac, en El séptimo cielo

[+] Zodiac (2007), en La cinta de Moebius

17 mayo 2007

MÉXICO SIN FANTASÍA






Hay vida más allá de Cuarón y Del Toro, y Francisco Vargas Quevedo lo demuestra en su extraordinaria opera prima, El violín. Un relato que va cerrándose en torno a sus protagonistas, especialmente el auténtico (y no profesional) don Ángel Tavira.


[+] Mi crítica en LaButaca.net

09 abril 2007

ESCÁNDALOS, PASTORES, GLORIAS Y DEMÁS COSECHAS...




El duelo interpretativo de Judie Dench y Cate Blanchett en Diario de un escándalo es de los que se recordarán durante mucho tiempo... lástima que el resto de la película no esté a la misma altura. Mientras, Robert De Niro se excede en sobriedad a la hora de contarnos los orígenes de la CIA en El buen pastor... una sobriedad que, por cierto, luce mejor en Days of Glory, horroroso título para la exportación de la cinta francesa que reivindica el papel de los soldados de las colonias en la Segunda Guerra Mundial. Y, sinceramente, no creo que La cosecha le vaya a dar su tercer Oscar a Hillary Swank.

[+] Mi crítica de Diario de un escándalo en LaButaca.net
[+] Mi crítica de El buen pastor en LaButaca.net
[+] Mi crítica de Days of Glory en LaButaca.net
[+] Mi crítica de La cosecha en LaButaca.net

[+] Los titiriteros del mundo, en Silencio, se rueda
[+] Crítica de El buen pastor, en Muchocine.net
[+] Crítica: "Diario de un escándalo", en Cinempatía
[+] Cinema Recensioni: Diario de un escándalo..., en They Made Me Do It
[+] Gran duelo interpretativo: Diario de un escándalo, en Ser cinéfago, según John Trent

[+] Recopilando que es gerundio, en Sitges en coreano significa cadáver

[+] Indígenas, en Ojo de buey

28 diciembre 2006

EL ESCRITOR INFALIBLE


No es raro ver a escritores entre los jurados de los festivales de cine. De hecho, ya nadie se extraña cuando lee la relación de nombres que se encargarán de conceder los galardones de un certamen; ni siquiera, cuando el literato elegido confiesa no ver habitualmente películas, y que lo único que conoce de lo que se hace últimamente es lo que se programa en televisión (y que, como cualquier aficionado al séptimo arte sabe, no es precisamente la mejor manera de acercarse a lo más interesante de la producción cinematográfica mundial).

Una declaración como ésta la hizo el premio Nobel José Saramago, integrante del jurado del último Festival de Cine de San Sebastián, y no pasó nada. Bien es verdad que tampoco fue demasiado original; por poner sólo un ejemplo, Juan Carlos Onetti, como reconoció su viuda en un acto público, ejerció de jurado sin gustarle ir al cine (bueno, en realidad, como todo el mundo sabe, no le gustaba salir de casa para ir a ningún sitio).

Es algo que me llama mucho la atención: ¿por qué los escritores, por el mero hecho de serlo, parecen tener barra libre para opinar del resto de las artes? Y no sólo sucede con el cine: intervienen en ciclos de conferencias sobre pintura, sobre música, en cualquier tertulia televisiva, en la que basta que en el rótulo aparezca “escritor” para que tenga bula para opinar sobre cualquier tema (aunque existe la fórmula mixta “escritor y periodista”, de similar, aunque un poco menos glamurosa, eficacia).

Pero, limitándonos al cine, que es lo que nos ocupa en este blog: ¿de dónde viene ese prestigio, esa superioridad de la letra escrita frente a la imagen? ¿Qué pensaríamos si en el jurado que discute cualquier premio literario importante apareciesen cineastas sin una carrera literaria de importancia? (ha habido algunos ejemplos, como el premio Alfaguara, en el que han participado como jurados directores como Agustín Díaz Yanes o Isabel Coixet). Porque, si de lo que se trata es de ofrecer una visión aperturista de las artes, una que no busque compartimentar, ¿por qué no lo hacemos con todas? ¿Por qué los jurados de los festivales de cine no se llenan de pintores, de músicos, de escultores, de diseñadores de moda, de galeristas o directores de orquesta? (y lo mismo cabe decir del resto de comités que imparten prestigio y reconocimiento).

No: no se entendería que Cannes o Venecia hiciesen algo así, pero en cuanto se trata de escritores, se les abre las puertas de cualquier jurado. Y que conste que no me refiero a los que han mantenido y mantienen alguna relación con el cine, como pueda ser un Paul Auster. Lo importante a la hora de ejercer como jurado tendría que ser el demostrar una capacidad para valorar el arte cinematográfico, un arte con sus propias reglas, sus códigos particulares… Y eso no lo da la literatura, no: lo da el cine, en cualquiera de sus vertientes, como espectador, como director, como crítico… como sea. Independientemente de que, además, uno pueda dedicarse a escribir, a fotografiar, a pintar, a componer…

La letra escrita tiene su sitio, uno muy importante. Pero no reina sobre los demás: afortunadamente, somos seres complejos, y nuestra búsqueda de la belleza conoce muchos caminos. Y el que domine uno de ellos no se hace, automáticamente, experto en el resto. Aunque haya recogido un premio de manos del mismísimo rey de Suecia.

27 octubre 2006

UN ACTO DE AMOR


La mayor historia de amor de la temporada pasada entre cowboys no fue, contra todo pronóstico, Brokeback Mountain, sino la opera prima de Tommy Lee Jones, la extraordinaria Los tres entierros de Melquiades Estrada, un guión surgido de la hirviente cabeza de Guillermo Arriaga y que nos narra uno de los más impresionantes, irracionales y entregados actos de amor que hayamos visto en cine en los últimos años.

Claro que, como en toda gran obra, el viaje que emprende el personaje de Jones, Pete, para enterrar en en su pueblo de origen el cuerpo de su amigo Melquiades, es el crisol a través del que toma forma el mito de la frontera entre Estados Unidos y México, una barrera que en la película se revela inexistente en la práctica: no hay ningún cambio en el imponente paisaje, y la permeabilización es tal que, si no fuera por los comentarios de los personajes con los que se van encontrando, y la diferencia entre el modo de vida (basta comparar la vida en el pueblo texano, con los individuos viviendo de manera aislada y encontrándose sólo puntualmente en la cafetería, y el mexicano, donde cada instante, sea de trabajo o de ocio, es una ocasión para la relación entre los vecinos, que viven en verdadera comunidad), parecerían el mismo territorio.

Este viaje, que por momentos parece extraído del mundo retratado hace ya tanto tiempo por Juan Rulfo, es iniciático tanto para Pete como para el asesino de Melquiades, Mike (una nueva demostración del gran actor que es Barry Pepper). Por un lado, Pete romperá definitivamente con una vida rutinaria, sin raíces y solitaria, y lo hará a través del sacrificio extremo que supone dejar todo lo que ha conocido (su trabajo en el rancho, sus amores ocasionales...); por el otro, Mike irá transformándose simbólicamente en Melquiades, de tal modo que, al final, será capaz de convertir en real lo que en verdad no era más que la fantasía de que, en algún lugar, al mexicano le estaba esperando una vida plena.

No hay besos, no hay abrazos, ni siquiera hay intensas conversaciones entre Pete y Melquiades, dos hombres que pasan las horas llevando el ganado, en un mundo en el que los diálogos se desarrollan con los interlocutores mirando al suelo, utilizando las palabras justas, y donde nadie llora, o ríe, o expresa demasiado alto sentimiento alguno, donde la mayor demostración de cariño puede ser que tu amigo te regale el estupendo caballo que monta (y que, simbólicamente, volverá a cambiar de dueño al final de la película). Y, sin embargo, uno de estos hombres, que Tommy Lee Jones logra llenar de expresividad a pesar de ser un verdadero tipo duro, será capaz de hacer realidad el mayor de los sacrificios: convertir en real lo que fue tan sólo un sueño de su amigo Melquiades, aún al precio de renunciar él mismo a todo lo que ha sido.

Y es este acto de amor supremo lo que dota de alma a esta película, una de las más hermosas que nos ha sido dado ver en mucho tiempo, que nos habla también de la frustración, de la muerte en vida, de la necesidad del otro, de unas mujeres formidables... en definitiva, de la forma en como sólo lo consiguen las verdaderas obras de arte, nos está hablando de nosotros.

LOS TRES ENTIERROS DE MELQUIADES ESTRADA. The Three Burials of Melquiades Estrada. EE. UU., Francia, 2005. Color, 121 min. Director: Tommy Lee Jones. Intérpretes: Tommy Lee Jones, Barry Pepper, Julio Cedillo, Melissa Leo, January Jones, Dwight Yoakam. Guión: Guillermo Arriaga. Fotografía: Chris Menges. Música: Marco Beltrami. Producción: Luc Besson, Michael Fitzgerald, Tommy Lee Jones, Pierre-Ange Le Pogam. Vista en: Cine y DVD (Cameo).

26 septiembre 2006

¿EIN?


El sábado pasado, mi cinefilia entró en crisis. El sábado pasado, me metí en una sala de honda tradición de calidad y allí, junto a otras seis o siete personas, me dispuse a ver la película del penúltimo gran descubrimiento de la crítica francesa e internacional, la obra que se hizo con el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes del 2004 y merecedora de su distinción como la mejor película estrenada en Francia ese mismo año, otorgado por la prestigiosísima Cahiers du Cinema (las que se leen los cinéfilos que aún saben francés; para la creciente y hegemónica parroquia angloparlante, puede optarse por Sight & Sound).

Pues bien, con esos antecedentes, confieso que el sábado pasado... me aburrí como una ostra, me revolví en mi asiento y no me dormí, a pesar de que me picaban desaforadamente los ojos, porque alguna extraña maldición me impide quedarme traspuesto ante una pantalla, sea la que sea, ante la que me quedo atrapado cual insecto. A lo largo de las dos horas de película, asistí a dos películas en una, la primera más o menos entendible, pero la segunda, durante una eterna hora, me oprimió contra el asiento con la casi ininteligible y expasperadamente lenta historia de un soldado perdido en una selva dando caza, o intentándolo mejor, a un chamán capaz de transformarse en cualquier bestia.

Por lo que llegué a entender, la película (por llamarla de algún modo, y que conste que no lo digo yo, que su director, el tailandés Apichatpong Weerasethakul, es el primero que dice que no es una película, sino una experiencia sensitiva o algo así) buscaba marcar el contraste entre la primera parte, una idílica historia de amor homosexual entre el soldado y un joven campesino, tan alegre y luminosa que ni siquiera el hallazgo de un cadáver al principio de la historia la perturba... hasta que ese soldado es mandado a la selva para la caza, se va animalizando, se llena de miedo, desaparece todo lo bueno y queda sólo la fuerza de la naturaleza, una fuerza mágica que depara imágenes potentes, como el espectro de la vaca muerta vagando por el bosque, el fantasmal árbol iluminado por miles de luciérnagas o la hermosa imagen de un tigre sobre la rama de otro árbol, enfrentado al soldado que espera su muerte, su conversión, su sublimación o vete a saber qué... (una segunda parte, por cierto, prácticamente muda, y punteada por intertítulos que nos narran lo que va sucediendo y la leyenda en que se basa, quizá una manera sutil de decirnos que, ahí, el lenguaje no sirve de nada).

Eso es todo lo que puedo decir: imágenes subyugantes asfixiadas por kilómetros de celuloide inextricable. Al salir del cine, volví a sentir lo que algunas películas de Angelopoulos o Kiarostami me habían despertado en otras ocasiones, una mezcla de estupor, enfado y tedio infinito. ¿Tan impermeable puedo ser a un nuevo talento que se sale de lo normal y que está llamado, según la crítica internacional, a ser de los grandes? ¿De verdad es tan grande o es una simple tomadura de pelo? ¿Aciertan los críticos franceses al señalar los nuevos caminos, o sólo repiten la vieja estrategia de marcar continuas fronteras entre la cinefilia de andar por casa y los grandes popes elitistas? Y si es así, ¿sería justo que la verdad (si es que tal cosa existe) del arte cinematográfico quedase en manos de unos pocos, como pasa en tantas disciplinas artísticas, y a los demás sólo nos quedase asentir si no queremos quedarnos, no ya fuera del presente, sino del futuro?

En mi caso, lo que me desconcierta es que otros cineastas herméticos o difíciles me han llegado e, incluso, me han provocado emociones difíciles de explicar. Aunque pueda parecer imposible, he vibrado, e incluso llorado, con Tarkovski; se me han puesto los pelos de punta con Dreyer; he disfrutado con Rohmer; me he sobrecogido con Bergman; he sentido la hermosura con Erice; Lynch me ha anodadado... pero Apichatpong, simplemente, me ha dejado frío... y aburrido, como dos de las personas del puñado que estábamos, que directamente se salieron del cine.

Y llevo ya varios días preguntándome: ¿doctor, es grave...?

P. S. Pido disculpas por este desahogo, más personal de lo habitual en este blog, sobre mis sensaciones al término del visionado de Tropical Malady. Sinceramente, no me encuentro con fuerzas ni capacidad para hacer una crítica sobre la película; eso lo dejo a los cientos de páginas (y no exagero, echadle un vistazo a Google) de rendidos admiradores de Apichatpong. Ni siquiera estoy seguro de poder calificarla de bodrio ni, desde luego, de genialidad. Quizá sea hora de reconocer las propias limitaciones y limitarse a escribir sobre La máquina de bailar, reconocer lo grandísima película que es Alatriste (y lo majo que es Tano Díaz-Yanes, ya puestos) y vivir instalado en el cliché.

No somos ná (y algunos días, aún menos).

TROPICAL MALADY. Thailandia, Francia, Alemania, Italia, 2004. Color, 120 min. Dirección y guión: Apichatpong Weerasethakul. Intérpretes: Banlop Lomnoi, Sakda Kaewbuadee, Huai Dessom, Sirivech Jareonchon, Udom Promma. Fotografía: Jarin Pengpanitch, Vichit Tanapanitch, Jean-Louis Vialard. Producción: Charles de Meaux, Alex Moebius. Vista en: Cine.

[+] Apichatpong llega a España, en El dormitorio de Maud

08 junio 2006

TE ESTOY LLAMANDO


Una película sobre las diferentes formas en las que se encarna la soledad: soledades absolutas, acompañadas, buscadas... Casi veinte años después de su realización, Bagdad Café sigue conservando una frescura nacida de la sencillez de su historia: los conflictos que en ella se nos muestran se resuelven, nunca mejor dicho, como por arte de magia (Jasmin logra volver al café después de tener que abandonarlo por caducarle su visado de turista, Brenda se reconcilia con su marido y la armonía familiar retorna, Rudi encuentra a su musa y rompe su aislamiento...). Sólo Debby, la sofisticada y quizá prostituida tatuadora, abandona el nido de paz y convivencia en que se convierte el Bagdad Café: «demasiada armonía», proclama, mientras huye atolondradamente, y el resto de los personajes le suplica: «eres como de la familia».

Una familia extraña, sí; pero familia, al fin y al cabo. Lo de menos es el escenario; o bueno, mejor dicho no, porque ese vetusto establecimiento perdido en medio de algún lugar del desierto de Nevada, es el lugar ideal para que desaparezca cualquier referencia a una vida anterior. Lo que no importa es que sea de unos improbables Estados Unidos, ni que Jasmin y su esposo atraviesen la calurosa carretera enfundados en imposibles trajes tradicionales ¿bávaros? ¿tiroleses? Como no importa que se trate de personajes escasamente originales, que hemos visto decenas de veces en otras películas. Pero en pocas como en ésta, por alguna extraña conjunción que no se sabe si tiene más de alquimia que de química, funcionan tan bien.

Una película cuyo comienzo es algo desalentador, porque resulta demasiado surrealista, con la fotografía saturada de luz solar y unos encuadres casi aberrantes. Una secuencia muda, bajo un soniquete de música de banda teutona, que no sabemos cómo interpretar. Y, de repente, surge el milagro: empiezan los títulos de crédito, y la preciosa voz de Jevetta Steele irrumpe, como si viniera de otra película diferente, y empieza a decirnos:
«There's a road from Las Vegas to nowhere...», las primeras palabras de una de las mejores canciones compuestas nunca para una banda sonora. Y entonces, sí, todo cambia, y nos dejamos llevar, porque es la canción la que nos da la pista de cómo tenemos que verla, la pista de la soledad.

Y quizá en esa sencillez, en esos momentos de una ingenuidad deliciosa (como cuando Jasmin empieza a limpiar y ordenar el café, y vemos dos texturas diferentes en la imagen: saturada y sucia en la parte aún por adecentar, con un cielo azul y cristalino en la ya arreglada), es donde radica el encanto de una película que sortea pronto el peligro de la pedantería cultureta. Sabemos entonces lo que estamos viendo, porque todos nos reconocemos en alguno de los excéntricos habitantes del motel y, como en Cheers, nos gustaría estar allí, ver a Brenda discutir con el mundo entero, admirar los trucos de magia de Jasmin e, incluso, contemplar el efecto del doble sol en el desierto mientras una música suave nos dice: «I’m calling you...»

BAGDAD CAFÉ. Bagdad Cafe. Alemania Occidental, EE. UU., 1987. Color, 108 min. Director: Percy Adlon. Intérpretes: Marianne Sägebrecht, Cch Pounder, Jack Palance, Christine Kaufmann. Guión: Eleonore Adlon, Percy Adlon. Fotografía: Bernd Heinl. Música: Bob Telson, Lee Breuer. Productores: Eleonore Adlon, Percy Adlon. Vista en: DVD (colección Cine Europeo, de El País)