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15 julio 2007

LA ROWLING Y EL CARVER


Harry Potter y la Orden del Fénix confirma lo que ya apuntaban las últimas entregas del Adolescente Mago: que nos encontramos ante una de las mejores sagas cinematográficas de los últimos años. Por su parte, Laura Linney y Gabriel Byrne nos regalan en Jindabyne unas interpretaciones dignas del relato de Carver que adapta; lástima que el resto de la película no termine de estar a su misma altura.

[+] Mi crítica de Harry Potter y la Orden del Fénix en LaButaca.net
[+] Mi crítica de Jindabyne en LaButaca.net

[+] Cinema Recensioni: Harry Potter y la Orden del Fénix, en They Made Me Do It
[+] 330 millonazos para Harry Potter, en Cinempatía
[+] "Harry Potter y la Orden del Fénix" de David Yates, en Mi galaxia lejana

14 junio 2007

OSCURA, INQUIETANTE, REPULSIVA... HERMOSA POESÍA








Léolo, de Lauzon; Crash, de Cronenberg; Inland Empire, de Lynch... Con Tideland, Terry Gilliam se une a la lista de obras que asumen su condición de suicidas saltos sin red que inevitablemente espantarán a la mayor parte de sus espectadores. A cambio, en sus pliegues anida la poesía, pero para encontrar su brillo hay que dejarse inundar (e incluso asquear) antes por el barro.

[+] Mi crítica en LaButaca.net


07 mayo 2007

LOS VERDADEROS OCHENTA



Una película tan excepcional como Donnie Darko tiene múltiples niveles de lectura. Su capacidad de sugerencia, su sutilidad, su intención de no mostrar todas las cartas para que sea el espectador el que complete el puzzle es extraordinaria. Pero hay un aspecto que por primera vez me ha llamado la atención al volver a verla, quizá por lo que tiene de generacional, y es su particular mirada a esa década a los tan glorificados, nostálgicos y añorados, por los de mi quinta, años ochenta. Una mirada que nos viene a decir, poco más o menos, que aquello no fue el derroche de optimismo, alegría y frivolidad que creemos recordar, sino una década en la que las fuerzas oscuras ya estaban presentes, latentes, que lo podrido que pudimos ver desde entonces ya estaba sembrado en aquellos días, que la inolvidable aventura de Marty McFly y su inseparable Doc a través del tiempo, y de la que la historia de Donnie Darko viene a ser su traducción oscura y quizá, más abrumadoramente real, no fue más que un espejismo.

Es curioso, pero al volver a revisar la maravilla de Richard Kelly, cobra nueva vida bajo ese prisma. Supongo que, en realidad, ni en eso nuestra generación es excesivamente original: todas llegan a un momento en el que descubren que el jardín guardado bajo siete llaves en la adolescencia no era, ni mucho menos, tan idílico como creíamos. Y así, mientras pasábamos el tiempo dejándonos llevar por las historias pergeñadas por los Spielberg, Zemeckis y compañía, mientras nuestra nostalgia sigue reservando un lugar preferente para Los Goonies, los Gremlins o El secreto de la pirámide (un lugar al que procuramos limpiar periódicamente el polvo para no ajar nuestros recuerdos), seguramente entre nosotros ya había un Donnie Darko capaz de ver que aquello era una mentira, que bajo las sonrisas, las hombreras y los peinados imposibles podía esconderse algo monstruoso o extrañas amistades que nos llevasen a la destrucción.

La clarividencia de Kelly en Donnie Darko tiende, así, un hilo temático con el Terciopelo azul de David Lynch: si éste pulverizó la porcelana de todo a cien de los idílicos cincuenta y primeros sesenta, aquél nos dijo que, en realidad, nuestra década fue tan siniestra como todas las demás, algo de lo que ya nos empezó a avisar el rostro aún infantil de River Phoenix en Cuenta conmigo. Y lo confieso: cada vez que veo la imagen enferma de Michael J. Fox no puedo evitar algo que me aprieta el corazón, como si presintiera muy cerca, demasiado cerca, una voz que me impele a despertarme. Y yo no quiero hacerlo.
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Donnie Darko
EE. UU., 2001 113 min.

Escrita y dirigida por Richard Kelly
Interpretada por Jake Gyllenhaal, Holmes Osborne, Maggie Gyllenhaal, Daveigh Chase, Mary McDonnell, James Duval, Patrick Swayze, Drew Barrymore
Música de Michael Andrews
Montaje de Sam Bauer y Eric Strand
Fotografía de Steven B. Poster
Producida por Adam Fields, Nancy Junoven, Sean McKittrick y Drew Barrymore

30 abril 2007

EXCESOS Y EXCESOS



Lo confieso: me resulta infinitamente más simpático el hiperromanticismo de la descompensada pero fascinante La fuente de la vida, de Darren Aronofsky, que el sofocante y recargado aluvión de La maldición de la flor dorada, la película más decepcionante de la larga y brillante filmografía del genial Zhang Yimou.

[+] Mi crítica de La fuente de la vida en LaButaca.net
[+] Mi crítica de La maldición de la flor dorada en LaButaca.net

[+] Cinema recensioni: Curse of the Golden Flower.., en They Made Me Do It
[+] "La maldición de la flor dorada", de Zhang Yimou, en Mi galaxia lejana
[+] Cinema recensioni: The Fountain..., en They Made Me Do It
[+] La fuente de la vida, en A mil revoluciones
[+] Crítica: "La fuente de la vida", en Cineahora
[+] La fuente de la Vida (The Fountain) (2006), en Padded Room: Chronichs Floor

19 enero 2007

LAS ALCANTARILLAS DE LA ILUSIÓN





Bajo su apariencia de artefacto, El truco final (El prestigio), o sea, The Prestige, reflexiona sobre los mecanismos de la ilusión y llega a una devastadora conclusión.

[+] Mi crítica en LaButaca.net

[+] Breve opinión sobre El prestigio: el truco final, en ¿Y si esta vez te quedaras?
[+] Los tres actos, en El séptimo cielo
[+] Las muñecas rusas de Nolan, en Silencio, se rueda
[+] Ahora en cines: el truco final, en Ser cinéfago, según John Trent
[+] The Prestige, en Pelisbilbao
[+] ¡Socavón, socavón!, en Arcadia
[+] (Especial Nolan) The Prestige, en El gran carnaval
[+] The Prestige, en Somewhere Only We Know...
[+] Máscaras, embaucos y obsesiones, en La espiral roja
[+] Cinema recensioni: The Prestige..., en They Made Me Do It
[+] The Prestige (El truco final), en Rod@ndo
[+] Siguen las rebajas 2x1: "Apocalypto" y "El truco final", en Sitges en coreano significa cadáver
[+] Crítica: "El trucof final (El prestigio)" (DVD), en Cineahora

19 diciembre 2006

SAPHIRA... Y POCO MÁS





Que hayan intentado hacernos pasar Eragon como un remedo de El señor de los anillos clama al cielo... Lo único que se salva de este telefilme hinchado es la dragona Saphira, Jeremy Irons... y poco más (¡pero poco, poco!)

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[+] Los peajes de la industria, en Silencio, se rueda

[+] Eragon, por Mikel Zorrilla, en Elpaisliterario.com
[+] Cinema recensioni: Eragon, en They Made Me Do It


21 noviembre 2006

LO MEJOR, LOS TRUCOS




Primera
arribada mágica a nuestras pantallas a la espera de The Prestige. Lo mejor de El ilusionista: el empaque visual, con momentos realmente hermosos (y Paul Giamatti, claro). Lo peor, un guión demasiado obvio y trillado.

[+] Mi crítica en LaButaca.net

[+] Crítica: "El ilusionista", en Cineahora
[+] El ilusionista, en Pelisbilbao
[+] The Illusionist (El ilusionista), en Sitges en coreano significa cadáver
[+] Apuntes sobre El ilusionista, en El gran carnaval
[+] Sorpresa!, en El séptimo cielo
[+] El ilusionista, en Rod@ndo

12 octubre 2006

CADA DÍA MUERE UN HADA


El mundo de Guillermo del Toro ha cristalizado en El laberinto del fauno como no lo había hecho en ninguna de sus películas. Un mundo donde la fantasía no es un aparte, un lugar donde uno se adentra para escapar de la realidad, sino que es otra dimensión más de lo que nos rodea. En su visión, no sólo los elementos fantásticos pueden irrumpir en lo cotidiano, sino que también sucede al revés, y los seres y criaturas imaginarios responden a impulsos y apetitos perfectamente humanos.

Quizá por eso, Del Toro ha escogido la Guerra Civil española como uno de los momentos en los que la muerte, la destrucción y la oscuridad se impusieron con fuerza, apagando cualquier luz. Basta ver El laberinto del fauno para comprender hasta qué punto el director mexicano la ha convertido en algo simbólico, que llega incluso a perder su referencia a un tiempo y lugar concretos, porque tanto la caracterización del ejército capitaneado por Vidal (un Sergi López que realiza, quizás, la mejor interpretación de toda su carrera) como la propia localización en una casa al pie de una montaña donde aún resiste una partida de maquis (la acción se sitúa en 1944), se ve codificada a su vez según los cánones de las leyendas y cuentos tradicionales, hasta tal punto de que resultaría difícil buscar en cualquier relato de los hermanos Grimm a un ogro que fuera más temible y despiadado que este capitán que parece amar todas las formas de la muerte, una muerte que le recuerda continuamente su reloj con el cristal roto.

Por eso, cuando Ofelia recibe la noticia de que no es una niña que ha perdido a su padre, que acompaña a su madre embarazada que ha vuelto a casarse por necesidad con un hombre que no las quiere, y que sólo ansía tener un hijo varón (¿no están llenos los cuentos de reyes que quieren tener herederos?), sino una princesa que escapó un día de un mundo subterráneo y quedó deslumbrada por la luz del sol, olvidando su verdadera identidad, y afronta las tres pruebas de rigor para que no desaparezca definitivamente el que fue su reino, no hay ningún espejo que separe nítidamente las dos zonas.

No, Ofelia (simplemente prodigiosa Ivana Baquero) no es Alicia. En su persona, los dos mundos se ven sacudidos por la misma semilla de destrucción, y si en el mundo real los hombres mueren, se tortura a los oponentes y el hambre y la opresión apagan hasta los colores, en las estancias fantásticas a las que accede Ofelia a través de puertas dibujadas en las paredes y el suelo con tiza aguardan seres sin ojos que devoran niños, sapos gigantescos y repulsivos que ahogan árboles mágicos, faunos a un paso del despotismo y grandes insectos que resultan ser unas hadas inquietantes y zumbantes.

No hay diferencia de luz ni de fotografía entre los dos mundos, porque los dos son crueles y desesperanzados. A Ofelia no le espera el cariño en ninguno de los dos; y así, con esta fábula triste y bella, Del Toro nos regala la primera verdadera obra maestra de toda su filmografía. Lo que había apuntado, aquí alcanza su estado mayor y más adulto, una película tras la que se esconde una profunda melancolía y la convicción de que cada día, a cada momento y en algún lugar, mueren un niño y un hada.

EL LABERINTO DEL FAUNO. España, México, EE. UU., 2006. Color, 112 min. Dirección y guión: Guillermo del Toro. Intérpretes: Ivana Baquero, Sergi López, Maribel Verdú, Doug Jones, Álex Angulo, Ariadna Gil, Roger Casamajor, César Vea. Fotografía: Guillermo Navarro. Música: Javier Navarrete. Producción: Álvaro Augustín, Alfonso Cuarón, Bertha Navarro, Guillermo del Toro, Frida Torresblanco. Vista en: Cine.

[+] Fantasía y realidad, en El séptimo cielo
[+] El laberinto del fauno, en Pelisbilbao
[+] Para quienes sepan mirar, en Silencio, se rueda
[+] El laberinto del fauno, del mejor Del Toro, en Mi galaxia lejana
[+] El laberinto del fauno, en Un poco de cine
[+] El laberinto del fauno, en Muchocine.net
[+] El laberinto del fauno, en Ser cinéfago, según John Trent
[+] El prodigio..., en Antarctica Starts Here
[+] Una fábula en la pantalla grande, en La espiral roja
[+] El laberinto del fauno, en La Butaca
[+] El laberinto del fauno, en Sin pasar por taquilla

27 agosto 2006

MANOJ EL CUENTACUENTOS


Si hay un director del Hollywood actual al que se le pueda aplicar la etiqueta de "autor" ése es, sin lugar a dudas, el ex niño prodigio de la industria, M. Night Shyamalan, un creador que, a lo largo de su filmografía, ha ido construyendo un universo particular, con un estilo muy personal y una reiteración de temas que la dotan de una rara unidad, como si las cuestiones que parecen obsesionarle buscasen encarnarse a partir de las convenciones de diversos géneros para, en cierta forma, romperlos desde dentro y demostrar que el fantástico no es más que otra forma de abordar los miedos y lo que no comprendemos de la realidad.

La joven del agua es el último paso hasta el momento en ese proceso. Por una cadena de factores, cada nuevo título de Night Shyamalan es esperado como una nueva entrega de terror, cuando lo cierto es que sus películas, ni siquiera El sexto sentido, no han sido nunca películas de miedo al uso. Y de hecho, ésta lo es menos que ninguna, porque esta vez el formato elegido es el del cuento tradicional, en un trasvase de los mecanismos de construcción de las narraciones clásicas a las claves modernas (hoy no tiene sentido hablar de pastores, de cazadores, o de jóvenes que se quedan dormidas por pincharse con una rueca), una operación que se vuelve aún más arriesgada y meritoria si tenemos en cuenta que, hoy en día, los cuentos sólo son visitados para ser parodiados, como bien nos demostró el éxito de Shrek.

De hecho, La joven del agua, salvando las distancias de estilo y temática, estaría más cercana a un título como La princesa prometida, porque comparte con la película de Bob Reiner un mismo tono en el que las adecuadas dosis de humor e ironía no ocultan que, en realidad, sus autores creen fervientemente en lo que están contando; y lo que es más importante, logran transmitirlo al espectador que, eso sí, esté dispuesto a entregarse desde el primer fotograma a dejarse llevar por la propuesta.

Asomarse a La joven del agua desde una perspectiva realista, sólo porque en ella aparezca un bloque de apartamentos, una piscina y un encargado de mantenimiento, sería tan absurdo como si alguien negase la belleza de un cuento de Andersen sólo porque fuese imposible que los pies de una niña se alejasen bailando con sus zuecos mágicos después de habérselos cortado a su propietaria. Y, para ello, Night Shyamalan monta una cuidada estructura, en la que cada plano cumple una función, cada una de las palabras que se mencionan tiene un significado, cada secuencia está escrupulosamente planificada, y en el que la banda sonora (una vez más James Newton Howard nos regala otra obra sencillamente magistral, que recuerda a la de Señales y que confirma la solidez de su relación artística con Shyamalan después de la sencillamente perfecta partitura de El bosque) ejerce como marco adecuado para subrayar la magia, los sentimientos y las connotaciones de lo que nos está mostrando la pantalla.

Pero hablar de La joven del agua es hablar de un nombre, y nos atrevemos a decir que de EL nombre, porque sencillamente no existiría película si al frente no estuviese Paul Giamatti, que araña un nuevo papel protagonista a una filmografía que parecía condenarle a ser el rostro que a todo el mundo suena pero a quien nadie pone nombre. Su composición de un personaje como el de Cleveland es simplemente prodigiosa, y nadie como él podría salvar una escena tan complicada sobre el papel, y tan rayana en el ridículo en manos de otro como la de cuando consigue que la madre la chica oriental acceda a contarle el cuento completo; que exista alguien capaz de convertirla en un momento verdaderamente simpático, cercano y creíble hay que anotarlo directamente en el casillero de los grandes logros de la película.

Un acierto en el casting que se extiende al resto de los intérpretes: Bryce Dallas Howard confirma que es, con mucho, lo mejor que su padre ha dado al cine, y aunque a ella le toca en este caso hacer el papel pasivo característico del cine de Shyamalan, resulta difícil no creer que esta pelirroja que puede mezclar inocencia y determinación, la Grace perfecta para Von Trier, pueda ser verdaderamente un ser capaz de despertar el instinto de protección y la ternura de Cleveland y de cuantos la conocen. Bob Balaban está simplemente perfecto como el crítico asesinable (estupenda y divertida escena, buen ajuste de cuentas de Shyamalan, que curiosamente hace recordar a Scream), y el resto de los vecinos imposibles y simbólicos que completan el reparto trabajan con una convicción que se transmite al espectador.

Hay, de todas formas, un enorme fallo de reparto, uno de los errores que impiden que esta película llegue a ser la obra maestra que podía haber llegado a ser (algo por desgracia frecuente en el cine de Shyamalan, pues sólo El protegido alcanzó la perfección que siempre, por un motivo u otro, se acaba escapando en sus siempre muy estimables películas), y es el excesivo papel que esta vez el director se ha concedido a sí mismo. En los títulos anteriores ya habíamos intuido que no era un buen actor, pero lo disculpábamos porque apenas pasaba de cameos (aunque en Señales su actuación tenía bastante importancia, si bien no en duración, sí para la comprensión del sentido de la película); pero en este caso, al reservarse un papel de más peso, con más diálogo e incluso interviniendo en alguna de las escenas a priori de mayor fuerza de la película, su pésima actuación nos saca literalmente fuera de la película. Y eso, cuando se aborda un ejercicio tan arriesgado como el de este título, puede ser directamente un suicidio porque, si sales una vez, puede que te cueste mucho volver a entrar.

El otro importante punto débil de la película es, en este caso, común a los otros títulos de su filmografía, y es la a veces excesiva intención trascendente, mostrada en ocasiones de manera demasiado evidente, y que incluso puede terminar sonando a fácil filosofía new age o de tratado de autoayuda. Y es una verdadera lástima, porque Night Shyamalan está particularmente dotado para la construcción de instantes verdaderamente poéticos, en los que la sugerencia y lo no mostrado tienen tanta o más importancia que lo visible (de hecho, aquí se supera un grave escollo que ya lastrara Señales y que son las criaturas, como demuestra la bestia maligna que persigue a la ninfa, que incorpora genialmente muchos de los miedos infantiles que a todos nos han acechado, cuando creíamos ver monstruos en lugares en los que los adultos, simplemente, no veían nada). Por ello, no sería absurdo citar a Jacques Tourneur como uno de los referentes del modo de concebir el cine del director de origen indio.

A pesar de sus defectos, La joven del agua es una película estimulante, un proyecto original y personal, hermoso por momentos, y emocionante desde los preciosos títulos de crédito, con los sencillos dibujos que nos explican la leyenda y nos están advirtiendo que ahora, más que nunca, es necesaria la suspensión de la credibilidad. Si el espectador logra acceder a ello, disfrutará de un creador único e inimitable, atrapado en un término medio entre la industria y la exigencia intelectual, un lugar que demasiadas veces le deja a merced de la más general y peligrosa incomprensión.


LA JOVEN DEL AGUA. Lady in the Water. EE. UU., 2006. Color, 110 min. Director: M. Night Shyamalan. Intérpretes: Paul Giamatti, Bryce Dallas Howard, Bob Balaban, Jeffrey Wright, Sarita Choudhoury, Cindy Cheung, M. Night Shyamalan, Freddy Rodríguez. Guión: M. Night Shyamalan. Fotografía: Christopher Doyle. Música: James Newton Howard. Productores: Sam Mercer, M. Night Shyamalan. Vista en: Cine.

[+] Matías, en Silencio, se rueda
[+] Álex, en They Made Me Do It
[+] Libertino, en Libertinaje
[+] Robgordon1982, en El séptimo cielo
[+] Pablo del Moral, en La Butaca
[+] Hombre Lobo, en Lobohombre Riera
[+] Julio Rodríguez Chico, en La Butaca
[+] Álex, en Antarctica Starts Here
[+] Iñaki, en Pelisbilbao
[+] Ysi, en ¿Y si esta vez te quedaras?
[+] Rebe, en Mi galaxia muy lejana
[+] Darthz, en Errantes del camino
[+] 10 razones, en Cinempatía
[+] Defendiendo a Shyamalan: Por qué me gusta La joven del agua, en Cinempatía

21 mayo 2006

¡POR DIOS, QUE VENGA INDIANA!


Una película a la que preceda una aparatosa campaña de marketing no tiene por qué ser necesariamente mala. Por si quedaba alguna duda, hace más de una década nos lo demostró Steven Spielberg, cuando los meses anteriores al estreno de Parque Jurásico vivieron una de las promociones más espectaculares, eficaces y modélicas que se recuerdan, al conseguir que los dinosaurios se convirtieran en objeto de interés y deseo en todo el mundo (si bien, en ese caso, fue necesaria una separación de algunos años para que la crítica se pudiese librar de la distorsión promocional para reconocerle a la película lo que es, un magistral ejemplo de cine de aventuras).

En el caso de El código Da Vinci, nos encontramos ante una jugada a priori aún más perfecta: la campaña principal ya estaba hecha, por cuanto el libro lleva un par de años en boca de todos, y prácticamente no queda nadie que no sepa su pretendidamente revolucionario argumento; si a esto se añade una gran producción estilo Hollywood, un director de confianza de la industria, un guionista renombrado y un reparto espectacular de nombres solventes y de prestigio, parece que el envite no podía salir mal, y que como mínimo nos enfrentaríamos a un producto digno, mero entretenimiento. Lo que, tal y como andan las cosas, no era un mal resultado.

Pues no; nada de nada. ¿Cómo es posible? La calidad literaria del libro de Dan Brown es prácticamente nula, pero en sus páginas se escondía, eso era evidente, un esqueleto de guión que podía funcionar muy bien en pantalla. Que lo que en él se nos narraba fuese inverosímil no representaba mayor problema porque, a estas alturas, sabemos que el cine tiene que ser coherente, nunca realista, y si el guionista y el director eran lo suficientemente hábiles, lo que no funcionaba como libro podía hacerlo como película (ya ha pasado otras veces, recordemos el socorrido ejemplo de Tiburón). Y el tema, no lo neguemos, tiene garra: una conspiración milenaria, la Iglesia como un poder paralelo (con el morbo añadido de ver al Opus Dei como una fuerza oscura, en una caricatura de trazo grueso de la que, en realidad, se debe de estar carcajeando la jerarquía de la Obra), códigos secretos, enigmas mecánicos, cuestionamiento del dogma religioso, barniz cultureta y las calles de París, postal que siempre da muy bien en la pantalla.

Pues tampoco. En gran parte, por poner al frente del proyecto a un director tan inane como Ron Howard que, algún destello aparte (Desapariciones y Cinderella Man), puede convertir la mejor historia en una película de encefalograma plano. Y ocurre en ésta: las dos horas y media se hacen eternas porque no hay verdadera tensión, la narración carece de ritmo y, cuando se acerca al descubrimiento final, estás harto de pedir la hora, porque hace bastante tiempo que ha dejado de interesarte lo que ves, lo que incluye una de las secuencias peor rodadas y montadas de persecución que uno recuerda (y, si ni siquiera puedes ver una bien hecha secuencia de acción, algo que hasta las más adocenadas películas hollywoodienses son capaces de ofrecer, ¿qué te queda?).

Y ese sopor, esa planicie, se traslada a la interpretación de los actores, muy por debajo de lo que son capaces y han demostrado muchas veces: Tom Hanks, por ejemplo, deambula como si no se enterase muy bien de lo que pasa, y nunca entiendes por qué llega a ponerse en peligro por una desconocida como Sophie; en el caso de Audrey Tatou, no sale de su expresión de permanente mala leche. Jean Reno y Alfred Molina simplemente llegan, fichan y se van, y Paul Bettany se esfuerza con un papel que es el más ridículo de todos porque, aunque se pasa varias escenas intentando transmitirnos el sufrimiento interno del monje asesino Silas, cuando le vemos correr con su imposible hábito, la imagen echa por tierra cualquier esfuerzo interpretativo. Una iluminación plana, que no sabe sacar partido a la noche en que transcurre la mayor parte de la historia, una banda sonora irrelevante a pesar de que tiene coros y todo, etc.

Pero hay algo que, a quien esto escribe, le enerva de manera especial: la absoluta falta de sentido del humor que tiene la película. Los personajes se mueven, hablan, corren, descifran, matan o conspiran, y sus diálogos, su expresión, su forma de moverse, nos dice a cada momento: "¡qué trascendente es esto!" Para entendernos: no es, ni mucho menos, La última tentación de Cristo y su tremenda carga teológica. Al contrario, El código Da Vinci está más cerca de The Body, una peliculita sin tantas pretensiones, que era consciente de lo que era: un producto de simple consumo palomitero.

Por eso, uno hubiese agradecido que el Santo Grial lo buscase Indiana Jones. En busca del arca perdida también era inverosímil y tenía sus momentos en los que un personaje hablaba del Arca de la Alianza, ponía expresión arrebatada y la banda sonora de John Williams disparaba los coros y la trascendencia. Pero luego, a renglón seguido, el protagonista corría, saltaba, sufría y nos regalaba diálogos y situaciones hilarantes, adrenalíticas. No busquen nada de eso en El código Da Vinci: todo lo más, en el personaje de Ian MacKellen. Una vez más, el viejo monstruo de la escena se come a todos, con la simple demostración de que sabe divertirse con sus interpretaciones de personajes de doble fondo, como si fuese un juego que no acabase de creerse del todo pero que le divierte profundamente.

Oye, Stevie, ¿no tienes un hueco en el casting de Indiana Jones IV?

EL CÓDIGO DA VINCI. The Da Vinci Code. EE. UU., 2006. Color, 149 min. Director: Ron Howard. Intérpretes: Tom Hanks, Audrey Tatou, Ian MacKellen, Jean Reno, Alfred Molina, Paul Bettany. Guión: Akiva Goldsman, basado en el libro de Dan Brown. Fotografía: Salvatore Totino. Música: Hans Zimmer. Productores: John Calley, Brain Grazer. Vista en: Cine.